ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

Un libro para todos y para nadie.


[Primera parte]

De
Friedrich Nietzsche.



Chemnitz 1883.
Editorial de Ernst Schmeitzner.


Lima 2019.
Gustavo A. Laime Mitma.
(Traducción)

El prólogo de Zaratustra.

1.

Cuando Zaratustra tuvo treinta años, abandonó su patria y el lago de su patria, y fue a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y por diez años no se cansó de ello. Pero finalmente su corazón se transformó, — y una mañana se levantó con la aurora, se paró ante el sol y le habló así:

»¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieses a aquellos a quienes iluminas!

Por diez años viniste subiendo hasta mi caverna: de tu luz y de este camino te habrías hartado, sin mí, mi águila y mi serpiente.

Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te tomábamos tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello.

¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría, como la abeja que demasiada miel ha recogido, requiero de manos que se extiendan.

Quisiera regalar y repartir, hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a alegrarse de sus tonterías, y los pobres, de sus riquezas.

Para ello tengo que descender a la profundidad, como haces tú al atardecer, cuando vas por detrás del mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro suprarico!

Tengo, al igual que tú, que ir a mi ocaso, como lo llaman los hombres a quienes quiero bajar.

¡Así pues, bendíceme, calmado ojo, que puedes ver sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!

¡Bendice la copa que quiere derramarse para que el agua de oro fluya de ella y lleve a todas partes el reflejo de tu deleite!

¡Mira! Esta copa quiere volver a tornarse vacía, y Zaratustra quiere volver a tornarse hombre«.

— Así comenzó el ocaso de Zaratustra.


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2.

Zaratustra descendió solo montaña abajo sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques, se halló de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa cabaña para buscar raíces en el bosque. Y así habló el anciano a Zaratustra:

No me es extraño este caminante: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se llamaba; pero se ha transformado.

Entonces llevabas tu ceniza a la montaña: ¿quieres hoy llevar tu fuego a los valles? ¿No temes los castigos al incendiario?

Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna. ¿No viene hacia acá como un bailarín?

Transformado está Zaratustra, en un niño se tornó Zaratustra, un despierto es Zaratustra: ¿qué quieres ahora entre los durmientes?

Como en el mar vivías en la soledad, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres descender a tierra? Ay, ¿quieres volver a arrastrar tú mismo tu cuerpo?

Zaratustra respondió: »Amo a los hombres«.

¿Por qué, dijo el santo, me fui yo al bosque y a lo desolado? ¿No fue acaso porque amaba demasiado a los hombres?

Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría.

Zaratustra respondió: »¡Qué hablaba yo de amor! Yo traigo para los hombres un regalo«.

No les des nada, dijo el santo. Tómales mejor alguna cosa de encima y llévala junto con ellos — eso es lo que más bien les hará: ¡sólo si a ti te hace bien!

Y si quieres darles algo, no des más que una limosna, ¡y deja que además la mendiguen!

»No, respondió Zaratustra, yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso«.

El santo se río de Zaratustra y le dijo: ¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para dar.

Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por las callejas. Y como si de noche, en sus camas, oyeran caminar a un hombre mucho antes de que el sol se levante, se preguntan: ¿adónde irá el ladrón?

¡No vayas con los hombres y quédate en los bosques! ¡Ve mejor aun con los animales! ¿Por qué no quieres ser, como yo — un oso entre los osos, un ave entre las aves?

»¿Y qué hace el santo en los bosques?« preguntó Zaratustra.

El santo respondió: Hago canciones y las canto, y al hacerlas, río, lloro y murmuro: así alabo a Dios.

Con cantos, llantos, risas y murmullos alabo al Dios que es mi Dios. Mas, ¿qué nos traes tú de regalo?

Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, se despidió del santo diciéndole: »¡Qué tendría yo que daros a vosotros! ¡Mas dejadme irme rápido, para que no os quite nada!« — Y así se separaron el uno del otro, el anciano y el hombre, riendo igual que como ríen dos muchachos.

Mas cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: »¡Será posible! ¡Este viejo santo no ha oído todavía nada en su bosque de que Dios ha muerto!« —


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3.

Cuando Zaratustra llegó a la ciudad más próxima, la cual yace junto a bosques, encontró ahí mismo a mucha gente reunida en el mercado: pues se había prometido que verían a un bailarín de cuerda. Y Zaratustra habló así al pueblo:

Yo os enseño al suprahombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?

Todos los seres crearon hasta ahora algo por encima de sí mismos: ¿y vosotros queréis ser el reflujo de ese gran flujo y retroceder al animal más bien que superar al hombre?

¿Qué es el mono para el hombre? Una carcajada o una dolorosa vergüenza. Y eso mismo debe ser el hombre para el suprahombre: una carcajada o una dolorosa vergüenza.

Habéis recorrido el camino del gusano hasta el hombre, y mucho en vosotros es todavía gusano. En otro tiempo fuisteis monos e incluso ahora es todavía el hombre más mono que cualquier mono.

Y el que es el más sabio de vosotros, ése también es sólo una disyunción y un híbrido de planta y fantasma. ¿Pero os llamo yo a convertiros en plantas o fantasmas?

¡Mirad, yo os enseño al suprahombre!

El suprahombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el suprahombre el sentido de la tierra!

¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra, y no creáis a quienes os hablan de esperanzas supraterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no.

Son despreciadores de la vida, moribundos y ellos mismos envenenados, de los que la tierra está cansada: ¡ojalá se larguen!

En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo délito, pero Dios murió y con él murieron también esos delincuentes. ¡Lo más horrible ahora es delinquir contra la tierra y tener en más alto aprecio las entrañas de lo inescrutable que el sentido de la tierra!

En otro tiempo el alma miraba con desprecio al cuerpo: y ese desprecio era entonces lo más alto: — lo quería flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse de él y de la tierra.

Oh, esa alma era también flaca, fea y famélica: ¡y la crueldad era la voluptuosidad de esa alma!

Mas también vosotros, hermanos míos, decidme: ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es vuestra alma pobreza y suciedad y un lamentable bienestar?

En verdad, una sucia corriente es el hombre. Se tiene que ser ya un mar para poder recibir una sucia corriente sin volverse impuro.

Mirad, yo os enseño al suprahombre: él es ese mar, en él puede hundirse vuestro gran desprecio.

¿Qué es lo más grande que vosotros podéis vivir? La hora del gran desprecio. La hora en que incluso vuestra felicidad se os convierta en náusea, y asimismo vuestra razón y vuestra virtud.

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi felicidad! Es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar. ¡Mas mi felicidad debería justificar la existencia misma!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi razón! ¿Codicia el saber como el león su alimento? ¡Es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi virtud! Todavía no me ha puesto furioso. Qué cansado estoy de mi bien y de mi mal. ¡Todo eso es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi justicia! No veo que yo fuera un carbón ardiente. ¡Mas el justo es un carbón ardiente!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi compasión! ¿No es la compasión la cruz en la que es clavado quien ama a los hombres? ¡Mas mi compasión no es una crucifixión!«

¿Habéis hablado ya así? ¿Habéis gritado ya así? ¡Ay, si yo os hubiese oído ya gritar así!

No vuestros pecados — vuestra moderación es lo que grita al cielo. Vuestra mezquindad hasta en el pecado es lo que grita al cielo.

¿Dónde está pues el rayo que os lama con su lengua? ¿Dónde está la locura con la que habéis de ser inoculados?

¡Mirad, yo os enseño al suprahombre: él es ese rayo, él es esa locura! —

Cuando Zaratustra hubo hablado así, uno del pueblo gritó: »¡ya hemos oído bastante del bailarín de cuerda, ahora veámoslo también!« Y todo el pueblo se rió de Zaratustra. Mas el bailarín de cuerda que creyó que las palabras eran para él, se puso a trabajar.


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4.

Zaratustra, sin embargo, miró al pueblo y se maravilló. Entonces habló así:

El hombre es una cuerda, amarrada entre el animal y el suprahombre, — una cuerda sobre un abismo.

Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse.

Lo que es grande en el hombre, es que es un puente y no fin alguno: lo que puede ser amado en el hombre es que es un tránsito y un ocaso.

Amo a los que no saben vivir a no ser que yendo hacia su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.

Amo a los grandes despreciadores, porque ellos son los grandes veneradores y flechas del anhelo hacia la otra orilla.

Amo a los que, para ir hacia su ocaso y darse en sacrificio, no buscan primero una razón detrás de las estrellas: sino que se sacrifican a la tierra, para que la tierra llegue alguna vez a ser del suprahombre.

Amo al que vive para conocer y que quiere conocer para que alguna vez viva el suprahombre. Y así quiere él su ocaso.

Amo al que trabaja e inventa para construirle la casa al suprahombre y prepara para él la tierra, el animal y la planta: pues así quiere él su ocaso.

Amo al que ama su virtud: pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo.

Amo al que no retiene para sí ni una gota de espíritu, sino que quiere ser enteramente el espíritu de su virtud: así avanza él como espíritu sobre el puente.

Amo al que hace de su virtud su pendiente y su fatalidad: así quiere, por amor a su virtud, seguir viviendo y no vivir más.

Amo al que no quiere tener demasiadas virtudes. Una virtud es más virtud que dos, porque es más un nudo del que pende la fatalidad.

Amo a aquel cuya alma se prodiga, que no quiere recibir agradecimiento ni devuelve nada: pues él da siempre y no quiere conservarse.

Amo al que se avergüenza cuando cae el dado a su favor y que entonces pregunta: ¿soy pues un jugador tramposo? — pues quiere perecer.

Amo al que arroja palabras de oro delante de sus acciones y siempre cumple más de lo que promete: pues quiere su ocaso.

Amo al que justifica a los venideros y redime a los pasados: pues quiere perecer por los presentes.

Amo al que castiga a su dios, porque ama a su dios: pues tiene que perecer por la cólera de su dios.

Amo a aquel cuya alma es profunda aun al ser herida y que puede perecer por una pequeña vivencia: así pasa gustosamente por el puente.

Amo a aquel cuya alma está suprallena de modo que se olvida de sí mismo y todas las cosas están dentro de él: así todas las cosas se convierten en su ocaso.

Amo al que es de mente libre y de corazón libre: así su cabeza no es más que las entrañas de su corazón, mas su corazón lo empuja al ocaso.

Amo a todos los que son como gotas pesadas que caen una a una de la oscura nube que pende sobre los hombres: ellos anuncian que viene el rayo, y perecen como anunciadores.

Mirad, yo soy un anunciador del rayo y una gota pesada de la nube: mas ese rayo se llama suprahombre. —


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5.

Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras, miró otra vez al pueblo y calló: »ahí se hallan«, dijo a su corazón, »ahí se ríen: no me entienden, no soy la boca para estos oídos.

¿Hay que desgajarles primero los oídos para que aprendan a oír con los ojos? ¿Hay que atronar igual que timbales y predicadores de penitencia? ¿O es que sólo creen al que balbucea?

Tienen algo de lo que están orgullosos. Cultura lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.

Por ello les disgusta oír de sí mismos la palabra »desprecio«. Así pues, voy a hablar a su orgullo.

Voy a hablarles de lo más despreciable: y ése es el último hombre«.

Y así habló Zaratustra al pueblo:

Es tiempo de que el hombre se fije su meta. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.

Todavía es su suelo bastante rico para ello. Mas algún día ese suelo será pobre y manso, y ningún árbol elevado podrá ya crecer de él.

¡Ay! ¡Llega el tiempo en que el hombre ya no lanzará la flecha de su anhelo por encima del hombre, y en que la cuerda de su arco habrá olvidado trepidar!

Yo os digo: hay que tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: ¡tenéis todavía caos dentro de vosotros!

¡Ay! Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella. ¡Ay! Llega el tiempo del hombre más despreciable, que no puede ya despreciarse a sí mismo.

¡Mirad! Yo os muestro al último hombre.

»¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella?« — así pregunta el último hombre y parpadea.

La tierra se ha vuelto entonces pequeña y sobre ella da brincos el último hombre, que todo lo empequeñece. Su especie es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive.

»Hemos inventado la felicidad« — dicen los últimos hombres y parpadean.

Han abandonado las zonas donde era duro vivir: pues se necesita calor. Se ama incluso al vecino y se restriegan contra él: pues se necesita calor.

Enfermar y desconfiar lo consideran pecaminoso: andan con atención. Un tonto quien todavía tropieza con piedras o con hombres.

Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para un morir agradable.

Aún se trabaja, pues el trabajo es un entretenimiento. Pero se procura que el entretenimiento no agobie.

Uno ya no se hace ni pobre ni rico. Ambas cosas son demasiado pesadas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? Ambas cosas son demasiado pesadas.

¡Ningún pastor y un solo rebaño! Todos quieren igual, todos son iguales: quien siente otra cosa va por su voluntad al manicomio.

»Antaño todo el mundo desvariaba« — dicen los más sutiles y parpadean.

Se es inteligente y se sabe todo lo que ha ocurrido: así no tienen fin para mofarse. Aún se disputa, pero pronto se reconcilian — de lo contrario ello estropea el estómago.

Se tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honran la salud.

»Hemos inventado la felicidad« — dicen los últimos hombres y parpadean. —

Aquí finalizó el primer discurso de Zaratustra, que es llamado también »el prólogo«: pues en este punto lo interrumpieron el griterío y las ganas de la muchedumbre. »¡Danos a ese último hombre, oh Zaratustra, — exclamaban — haz de nosotros esos últimos hombres! ¡Te regalamos al suprahombre!« Y todo el pueblo gritaba de júbilo y chasqueaba la lengua. Mas Zaratustra se entristeció y dijo a su corazón:

No me entienden: no soy la boca para estos oídos.

Sin duda viví demasiado tiempo en las montañas, demasiado escuché a los arroyos y a los árboles. Ahora les hablo igual que los cabreros.

Inamovida está mi alma y reluciente como las montañas por la mañana. Pero piensan que yo soy frío y uno que se mofa con chistes horribles.

Y ahora me ven y se ríen: y mientras se ríen, continúan odiándome. Hay hielo en su reír.


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6.

Pero entonces ocurrió algo que hizo enmudecer todas las bocas y quedar fijos todos los ojos. Entretanto, en efecto, el bailarín de cuerda había empezado su trabajo. Había salido de una pequeña puerta y caminaba sobre la cuerda, que estaba tendida entre dos torres, pendiendo así sobre el mercado y el pueblo. Cuando estaba justo a mitad de su camino, la pequeña puerta se volvió a abrir, y un colega vestido coloridamente, igual que un bufón, saltó fuera y caminó con pasos rápidos tras el primero. »¡Avanza, cojitranco, gritó su terrible voz, avanza, perezoso, impostor, carapálida! ¡Que no te haga yo cosquillas con mi talón! ¿Qué haces aquí entre torres? Dentro de la torre perteneces, encerrarte deberían, ¡a uno mejor que tú le impides el camino!« — Y con cada palabra se acercaba más y más: pero cuando estuvo sólo a un paso detrás de él, ocurrió entonces aquella cosa espantosa que hizo enmudecer todas las bocas y quedar fijos todos los ojos: — lanzó un grito cual demonio y saltó por encima de quien estaba en su camino. Mas éste, cuando vio que su rival lo vencía, perdió la cabeza y la cuerda; arrojó su balancín y, más rápido que éste, como un remolino de brazos y de piernas, se disparó hacia abajo. El mercado y el pueblo se asemejaban al mar cuando rompe la tempestad: todos huían apartándose y pasándose por encima, y sobre todo allí donde el cuerpo tenía que estrellarse.

Pero Zaratustra se quedó parado, y precisamente al lado de él cayó el cuerpo, maltrecho y quebrantado, pero no muerto todavía. Tras un rato al destrozado le regresó la conscienca, y vio a Zaratustra arrodillarse a su lado: »¿Qué haces aquí? dijo finalmente, de hace mucho sabía yo que el diablo me pondría la pierna. Ahora me arrastra al infierno: ¿quieres tú impedírselo?«

»Por mi honor, amigo, respondió Zaratustra, no existe todo eso de lo que hablas: no existe ni diablo ni infierno. Tu alma estará muerta aún más rápido que tu cuerpo: ¡no temas ya nada ahora!«

El hombre alzó la mirada con desconfianza. »Si tú dices la verdad, dijo luego, no pierdo nada si pierdo la vida. No soy mucho más que un animal al que, con golpes y escasos bocados, le han enseñado a bailar«.

»No hables así, dijo Zaratustra; has hecho del peligro tu profesión, en ello no hay nada que despreciar. Ahora pereces por tu profesión: por ello, voy a enterrarte con mis manos«.

Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras, el moribundo ya no respondió; pero movió la mano como si buscase la mano de Zaratustra para darle las gracias.


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7.

Entretanto, llegaba el atardecer, y el mercado se ocultaba en la oscuridad: el pueblo se dispersó entonces, pues hasta la curiosidad y el pavor se cansan. Mas Zaratustra estaba sentado en el suelo al lado del muerto, hundido en sus pensamientos: así olvidó el tiempo.

Finalmente se hizo de noche, y un viento frío sopló sobre el solitario. Entonces Zaratustra se levantó y dijo a su corazón:

¡En verdad, una hermosa pesca hizo hoy Zaratustra! No pescó ningún solo hombre, pero sí en cambio un cadáver.

Siniestra es la existencia humana, y carente aún de sentido: un bufón puede tornarse en su fatalidad.

Yo quiero enseñar al hombre el sentido de su ser: el cual es el suprahombre, el rayo de la oscura nube que es el hombre.

Pero todavía les estoy lejos, y mi sentido no habla a sus sentidos. Soy todavía, para los hombres, algo intermedio entre un necio y un cádaver.

Oscura es la noche, oscuros son los caminos de Zaratustra. ¡Ven, frío y tieso compañero! Te llevaré allí donde voy a enterrarte con mis manos.


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8.

Cuando Zaratustra hubo dicho esto a su corazón, cargó el cadáver sobre su espalda y se puso en camino. Y no había caminado aún cien pasos cuando un hombre se le acercó furtivamente y le susurró al oído — y he aquí que el que hablaba era el bufón de la torre. »Vete de esta ciudad, oh Zaratustra, le dijo; demasiados te odian aquí. Te odian los buenos y justos y te llaman su enemigo y su despreciador; te odian los creyentes de la verdadera fe, y te llaman el peligro de la muchedumbre. Tu fortuna ha estado en que se rieran de ti: y en verdad, hablabas igual que un bufón. Tu fortuna ha estado en que te asociaras al perro muerto; al rebajarte así te has salvado a ti mismo por hoy. Pero vete fuera de esta ciudad, — o mañana saltaré por encima de ti, un vivo por encima de un muerto«. Y cuando hubo dicho esto, el hombre desapareció. Mas Zaratustra siguió caminando por las oscuras callejas.

A la puerta de la ciudad se encontró con los sepultureros: éstos le iluminaron el rostro con la antorcha, reconocieron a Zaratustra y se mofaron mucho de él. »Zaratustra se lleva al perro muerto: ¡bravo que Zaratustra se haya hecho sepulturero! Pues nuestras manos son demasiado puras para ese asado. ¿Querrá Zaratustra robarle al diablo su bocado? ¡Pues adelante! ¡Y buen provecho con la comida! ¡Sólo si es que el diablo no es un mejor ratero que Zaratustra! — ¡robe a los dos, y se coma a los dos!« Y se reían entre ellos, cuchicheando.

Zaratustra no dijo a ello ninguna palabra y siguió su camino. Mas cuando hubo caminado ya dos horas, al borde de bosques y de ciénagas, había oído demasiado el hambriento aullido de los lobos, y a él también le vino el hambre. Así que se detuvo junto a una casa solitaria en la cual ardía una luz.

El hambre me asalta, dijo Zaratustra, como un ladrón. En medio de bosques y ciénagas me asalta mi hambre, y en plena noche.

Singulares caprichos tiene mi hambre, a menudo solo me viene después de la comida, y hoy no vino en todo el día: ¿dónde se entretuvo, pues?

Y en eso golpeó Zaratustra la puerta de la casa. Un hombre viejo apareció; traía la luz y preguntó: »¿Quién viene a mí y a mi mal dormir?«

»Un vivo y un muerto, dijo Zaratustra. Dame de comer y de beber. Lo olvidé durante el día. El que alimenta al hambriento conforta su propia alma: así habla la sabiduría«.

El viejo se fue pero ahí mismo volvió y ofreció a Zaratustra pan y vino. »Es una malvada zona para hambrientos, dijo; por eso habito yo aquí. Animales y hombres vienen a mí, el eremita. Pero haz que tu compañero coma y beba también, él está más cansado que tú«. Zaratustra respondió: »Mi compañero está muerto, difícilmente le persuadiré a ello«. »Eso a mí nada me incumbe, dijo el viejo hoscamente, quien llama a mi puerta tiene también que tomar lo que le ofrezco. ¡Comed y que os vaya bien!« —

A continuación Zaratustra volvió a caminar por dos horas, confiando en el camino y en la luz de las estrellas: pues era un habituado caminante nocturno y le gustaba mirar en el rostro a todos los durmientes. Mas cuando despuntó la mañana, Zaratustra se encontró en lo profundo de un bosque, y ningún camino se le mostraba ya. Entonces colocó al muerto en un árbol hueco a la altura de su cabeza — pues quería protegerlo de los lobos — y se echó sobre el suelo y el musgo. Y enseguida se durmió, cansado de cuerpo, pero con el alma inamovida.


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9.

Largo tiempo durmió Zaratustra, y no sólo la aurora pasó sobre su rostro, sino también la mañana entera. Pero finalmente sus ojos se abrieron: asombrado miró Zaratustra en el bosque y el silencio, asombrado miró dentro de sí. Entonces se levantó con rapidez, como un marinero que de pronto ve tierra, y lanzó gritos de júbilo: pues había visto una verdad nueva. Y así habló entonces a su corazón:

Una luz apareció para mí: compañeros necesito, y vivos, — no compañeros muertos y cadáveres que llevo conmigo adonde quiero.

Sino compañeros vivos necesito, que me sigan porque quieren seguirse a sí mismos, — e ir adonde yo voy a ir.

Una luz aparició para mí: ¡Que Zaratustra no hable al pueblo, sino a compañeros! ¡No debe Zaratustra convertirse en pastor y perro de un rebaño!

Atraer a muchos fuera del rebaño — para eso he venido. Conmigo pueblo y rebaño se han de enojar. Ladrón va a ser llamado Zaratustra por los pastores.

Yo digo pastores, pero ellos se llaman a sí mismos los buenos y justos. Yo digo pastores: pero ellos se llaman a sí mismos los creyentes de la verdadera fe.

¡Mirad a los buenos y justos! ¿A quién odian más? Al que destroza sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor: — pero ése es el creador.

¡Mirad a los creyentes de todas las creencias! ¿A quién odian más? Al que destroza sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor: — pero ése es el creador.

Compañeros busca el creador, y no cadáveres, y tampoco rebaños y creyentes. Compañeros de creación busca el creador, aquellos que escriban nuevos valores en nuevas tablas.

Compañeros busca el creador, y compañeros cosechadores: pues todo se halla con él maduro para la cosecha. Pero le faltan las cien hoces: por eso arranca las espigas y está contrariado.

Compañeros busca el creador, y tales que sepan afilar sus hoces. Aniquiladores se los llamará, y despreciadores del bien y del mal. Pero son los cosechadores y los celebradores.

Compañeros de creación busca Zaratustra, compañeros cosechadores y celebradores busca Zaratustra: ¡qué tiene él que hacer con rebaños y pastores!

Y tú, primer compañero mío, ¡que te vaya bien! Bien te enterré en tu árbol hueco, bien te oculté de los lobos.

Pero me separo de ti, el tiempo pasó. Entre aurora y aurora vino a mí una verdad nueva.

No debo ser pastor ni sepulturero. Ni volver a hablar quiero con el pueblo; por última vez he hablado con un muerto.

A los creadores, a los cosechadores, a los celebradores quiero yo unirme: quiero mostrarles el arcoiris y todas las escaleras del suprahombre.

A los eremitas cantaré mi canción, y a los bieremitas; y a quien todavía tenga oídos para lo inaudito, a ése voy a abrumarle el corazón con mi felicidad.

A mi meta voy, yo sigo mi marcha. Saltaré por encima de los vacilantes y rezagados. ¡Sea así mi marcha el ocaso de ellos!


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10.

Esto había hablado Zaratustra a su corazón cuando el sol se hallaba en pleno mediodía. Entonces miró inquisitivamente hacia la altura — pues había oído el agudo grito de un ave. Y he aquí que un águila pasaba por el aire haciendo amplios círculos, y de él pendía una serpiente, no igual que una presa, sino una amiga: pues se mantenía enroscada a su cuello.

»¡Son mis animales! dijo Zaratustra, y se alegró de corazón.

El animal más orgulloso bajo el sol y el animal más inteligente bajo el sol — han salido para explorar.

Quieren averiguar si Zaratustra vive todavía. ¿En verdad, vivo yo todavía?

Más peligros encontré entre los hombres que entre los animales, por peligrosos caminos anda Zaratustra. ¡Que mis animales me guíen!«

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, se acordó de las palabras del santo en el bosque, suspiró y habló así a su corazón:

¡Quisiera yo ser más inteligente, quisiera yo ser inteligente de verdad, igual que mi serpiente!

Pero pido lo imposible: ¡así pues, pido a mi orgullo que ande siempre con mi inteligencia!

Y si alguna vez mi inteligencia me abandona: — ¡ay, le gusta irse volando! — ¡Ojalá entonces vuele aún mi orgullo con mis tonterías!


— Así comenzó el ocaso de Zaratustra.


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Los discursos de Zaratustra.


De las tres transformaciones.


Tres transformaciones os menciono del espíritu: cómo el espíritu se convierte en camello, el camello en león, y el león al final en niño.

Demasiadas cosas pesadas hay para el espíritu, para el espíritu fuerte, de carga, en el que habita el respeto: lo pesado y lo más pesado desea su fuerza.

¿Qué es pesado? así pregunta el espíritu de carga, y baja las rodillas, igual que el camello, y quiere estar bien cargado.

¿Qué es lo más pesado, héroes? así pregunta el espíritu de carga, para tomarlo sobre mí y mi fuerza se alegre.

¿Esto no es: rebajarse para hacer daño a su altivez? ¿Dejar iluminar su tontería para mofarse de su sabiduría?

¿Esto no es: apartarse de su causa cuando ella celebra su victoria? ¿Subir a altas montañas para tentar al tentador?

¿Esto no es: alimentarse de las bellotas y de la hierba del conocimiento y, por causa de la verdad, sufrir hambre en el alma?

¿Esto no es: estar enfermo y enviar a casa a los consoladores, y trabar amistad con sordos que nunca oyen lo que quieres?

¿Esto no es: sumergirse en agua sucia, cuando ésta es el agua de la verdad, y no retirar de sí las frías ranas y los calientes sapos?

¿Esto no es: amar a los que nos desprecian y tender la mano al fantasma cuando quiere atemorizarnos?

Todas estas cosas pesadas toma el espíritu sobre sí: al igual que el camello que cargado se apresura al desierto, así se apresura él a su desierto.

Pero en el desierto más solitario ocurre la segunda transformación: el espíritu se convierte aquí en león, quiere apresar para sí la libertad y ser señor en su propio desierto.

A su último señor busca aquí: quiere convertirse en enemigo de él y de su último dios, por la victoria luchará contra el gran dragón.

¿Cuál es el gran dragón al que el espíritu no gusta llamar ya señor ni dios? »Tú debes« se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice »Yo quiero«.

El »Tú debes« yace en su camino, cual animal escamoso centelleante como el oro, y sobre cada escama brilla doradamente »Tú debes«.

Valores milenarios brillan en esas escamas, y así habla el más poderoso de todos los dragones: »todos los valores de las cosas — brillan en mí«.

»Todos los valores fueron ya creados, y todo valor creado — soy yo. ¡En verdad, ningún »yo quiero« debe haber más!« Así habla el gran dragón.

Hermanos míos, ¿para qué se requiere del león en el espíritu? ¿Por qué no basta el animal de carga que renuncia y es respetuoso?

Crear valores nuevos — tampoco el león es aún capaz de eso: mas crearse libertad para nuevas creaciones — de eso es capaz el poder del león.

Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para eso, hermanos míos, se requiere del león.

Tomarse el derecho de nuevos valores — ése es el tomar más horrible para un espíritu de carga y respetuoso. En verdad, eso es para él robar y cosa propia de un animal de rapiña.

Como su cosa más santa amó él en otro tiempo el »Tú debes«: ahora ilusión y arbitrariedad tiene que encontrar también en lo más santo, para que robe para sí la liberación de su amor: para este robo, se requiere del león.

Pero decidme, hermanos míos, ¿de qué es capaz todavía el niño de lo que ni siquiera el león pudo serlo? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?

Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que rota por sí misma, un primer movimiento, un santo decir-sí.

Sí, hermanos míos, para el juego del crear se requiere de un santo decir-sí: su voluntad quiere ahora el espíritu, el perdido en el mundo gana para sí su mundo.

Tres transformaciones os mencioné del espíritu: cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león al final en niño. — —


Así habló Zaratustra. Y por aquel entonces residía en la ciudad que es llamada: la vaca multicolor.


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De las cátedras de la virtud.


Glorificaron ante Zaratustra a un sabio que sabía hablar bien del dormir y de la virtud: se decía que por ello era muy honrado y recompensado, y que se sentaban todos los jóvenes frente a su cátedra. A él fue Zaratustra, y junto con todos los jóvenes se sentó frente a su cátedra. Y así habló el sabio:

¡Honra y pudor ante el dormir! ¡Eso es lo primero! ¡Y evitar a todos los que duermen mal y se desvelan por la noche!

Pudor siente incluso el ratero ante el dormir: siempre hurta en silencio por la noche. Pero el vigilante nocturno carece de pudor, sin pudor alguno anda con su trompeta.

No es arte pequeño dormir: se necesita para ello estar desvelado el día entero.

Diez veces tienes durante el día que superarte a ti mismo: eso produce un buen cansancio y es adormidera del alma.

Diez veces tienes que volver a reconciliarte contigo mismo; pues la superación es amargura, y mal duerme el no reconciliado.

Diez verdades tienes durante el día que encontrar: de lo contrario aún buscarás durante la noche la verdad, y tu alma quedará hambrienta.

Diez veces tienes en el día que reír, y estar jovial. De lo contrario te molestará el estómago en la noche, ese padre de la tribulación.

Pocos saben esto: pero se tiene que tener todas las virtudes para dormir bien. ¿Diré yo falso testimonio? ¿Cometeré adulterio?

¿Desearé a la criada de mi prójimo? Todo esto se avendría mal con el buen dormir.

Y hasta cuando se tenga todas las virtudes, se tiene que entender aún de una cosa: de enviar a dormir en el momento justo a las virtudes mismas.

¡Para que no disputen entre sí esas lindas mujercitas! ¡Y sobre ti, desventurado!

Paz con Dios y con el vecino: así lo quiere el buen dormir. ¡Y paz también con el demonio del vecino! De lo contrario te rondará por la noche.

Honra y obediencia a la autoridad, ¡e incluso a la autoridad torcida! Así lo quiere el buen dormir. ¿Qué puedo yo hacer si al poder le gusta andar sobre piernas torcidas?

Siempre me ha de ser el mejor pastor aquel que conduce a sus ovejas al prado más verde: esto se aviene con el buen dormir.

No quiero muchos honores, ni grandes tesoros: eso inflama el bazo. Pero mal se duerme sin un buen nombre y un pequeño tesoro.

Una escaza compañía me es más bienvenida que una malvada: pero tiene que venir e irse en el momento justo. Esto se aviene con el buen dormir.

Mucho me complacen también los pobres de espíritu: fomentan el sueño. Son bienaventurados, especialmente si se les da siempre la razón.

Así transcurre el día para el virtuoso. Y cuando llega la noche, ¡me guardo bien de llamar al dormir! El dormir, que es el señor de las virtudes, ¡no quiere ser llamado!

En su lugar pienso lo que durante el día he hecho y pensado. Rumiando me pregunto a mí mismo, paciente igual que una vaca: ¿cuáles fueron pues tus diez superaciones?

¿Y cuáles fueron las diez reconciliaciones y las diez verdades y las diez carcajadas con las que mi corazón se hizo bien a sí mismo?

Sopesando tales cosas, y mecido por cuarenta pensamientos, me asalta de pronto el dormir, el no llamado, el señor de las virtudes.

El dormir llama a la puerta de mis ojos: éstos se vuelven entonces pesados. El dormir toca mi boca: ésta permanece entonces abierta.

En verdad, sobre blandas suelas viene a mí él, el más querido de los rateros, y me hurta mis pensamientos: entonces babosamente quedo parado, como esta cátedra.

Pero no estaré parado por más tiempo: me tiendo ya. —

Mientras Zaratustra oía al sabio hablar así, se reía en su corazón: pues entretanto le había aparecido una luz. Y así habló a su corazón:

Un necio es para mí este sabio con sus cuarenta pensamientos: pero yo creo que entiende bien del dormir.

¡Feliz quien habite en la cercanía de este sabio! Tal dormir se contagia, aun a través de un espeso muro se contagia.

Un hechizo habita también en su cátedra. Y no en vano se sentaron los jóvenes ante el predicador de la virtud.

Su sabiduría dice: desvelar para dormir bien. Y en verdad, si no tuviese la vida ningún sentido y tuviera yo que elegir un sinsentido, éste me sería incluso el sinsentido más digno de elegir.

Ahora entiendo claramente lo que en otro tiempo se buscaba ante todo cuando se buscaba maestros de virtud. ¡Buen dormir es lo que se buscaba, y para ello, virtudes cual adormideras!

Para todos estos alabados sabios de las cátedras era sabiduría el dormir sin soñar: no conocían mejor sentido de la vida.

También hoy, sin duda, hay algunos como este predicador de la virtud, y no siempre tan honestos: pero su tiempo pasó. Y no estarán de pie por más tiempo: ya se tienden.

Bienaventurados son estos somnolientos: pues pronto han de quedar adormilados. —


Así habló Zaratustra.


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De los trasmundanos.


En otro tiempo proyectó Zaratustra su ilusión más allá del hombre, al igual que todos los trasmundanos. Obra de un dios sufriente y atormentado parecíame entonces el mundo.

Sueño parecíame entonces el mundo e invención poética de un dios; humo coloreado ante ojos de un dios divinamente insatisfecho.

Bien y mal, y placer y sufrimiento, y yo y tú — humo coloreado me parecía todo eso ante ojos creadores. Apartar la vista de sí mismo quería el creador — entonces creó el mundo.

Ebrio placer es para quien sufre apartar la vista de su sufrimiento y perderse. Un ebrio placer y un perderse-a-sí-mismo me pareció en otro tiempo el mundo.

Este mundo, eternamente imperfecto, imagen e imagen imperfecta de una contradicción eterna, — un ebrio placer para su imperfecto creador: — así me pareció en otro tiempo el mundo.

Y así proyecté yo también en otro tiempo mi ilusión más allá del hombre, al igual que todos los trasmundanos. ¿Más allá del hombre, en verdad?

Ay, hermanos, ese dios que yo creé era obra humana y demencia humana, ¡al igual que todos los dioses!

Hombre era él, y sólo un pequeño fragmento de hombre y de yo: de la propia ceniza y de la propia brasa vino él a mí, ese fantasma, ¡y en verdad, no me vino desde el más allá!

¿Qué ocurrió, hermanos míos? Me superé a mí, al sufriente, llevé mi propia ceniza a la montaña, inventé para mí una llama más reluciente. ¡Y he aquí que el fantasma se esfumó de mí!

Sufrimiento sería ahora para mí y tormento para el curado, creer en tales fantasmas: sufrimiento sería ahora para mí y rebajamiento. Así hablo yo a los trasmundanos.

Sufrimiento fue e impotencia — lo que creó todos los trasmundos; y aquella breve demencia de la felicidad que sólo experimenta el que más sufre de todos.

Cansancio, que con un solo salto quiere llegar a lo último, con un salto mortal, un pobre cansancio ignorante, que ya no quiere ni querer: él fue el que creó todos los dioses y todos los trasmundos.

¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó del cuerpo, — con los dedos del espíritu trastornado palpaba las últimas paredes.

¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó de la tierra, — escuchó que el vientre del ser le hablaba.

Y entonces quiso atravesar con la cabeza las últimas paredes, y no sólo con la cabeza — quiso pasar a »aquel mundo«.

Pero »aquel mundo« está bien oculto de los hombres, aquel inhumano mundo deshumanizado, el cual es una nada celeste; y el vientre del ser no dice nada en absoluto a no ser que como hombre.

En verdad, difícil de demostrar es todo ser, y difícil hacerlo hablar. Decidme, hermanos, ¿no es incluso la más singular de todas las cosas la mejor demostrada?

Sí, este yo y la contradicción y confusión del yo, habla todavía de su ser del modo más honesto, este yo que crea, que quiere, que valora, que es la medida y el valor de todas las cosas.

Y este ser honestísimo, el yo — habla del cuerpo, y continúa queriendo el cuerpo, aun cuando poetice y fantasee y revolotee con rotas alas.

Cada vez con más honestidad aprende el yo a hablar, y cuanto más aprende, más palabras y honores encuentra para el cuerpo y la tierra.

Un nuevo orgullo mi yo me enseñó, el cual enseño a los hombres: a no meter más la cabeza dentro de la arena de las cosas celestes, sino a llevarla libremente, una cabeza terrena, ¡la cual da sentido a la tierra!

Una nueva voluntad enseño a los hombres: querer ese camino que el hombre ha andado a ciegas, llamarlo bueno, y no salirse más furtivamente de él, ¡igual que enfermos y moribundos!

Enfermos y moribundos fueron los que despreciaron el cuerpo y la tierra, y los que inventaron las cosas celestes y las gotas de sangre redentoras: ¡pero también estos dulces y sombríos venenos los tomaron del cuerpo y de la tierra!

De su miseria querían fugarse, y las estrellas les eran muy lejanas. Entonces suspiraron: »¡si hubiera caminos celestes para deslizarnos furtivamente en otro ser y en otra felicidad!« — ¡entonces se inventaron sus furtividades y sus brebajillos de sangre!

De su cuerpo y de esta tierra se imaginaron arrebatados, estos ingratos. ¿Pero a quién debían la convulsión y la delicia de su arrobamiento? A su cuerpo y a esta tierra.

Suave es Zaratustra con los enfermos, no se enoja con sus tipos de consuelo y de ingratitud. ¡Ojalá se hagan convalecientes y superadores y se creen un cuerpo superior!

Tampoco se enoja Zaratustra con el convaleciente si éste mira con ternura hacia su ilusión y a medianoche se desliza en torno a la tumba de su dios: mas enfermedad y cuerpo enfermo continúan siendo para mí también sus lágrimas.

Mucho pueblo enfermo hubo siempre entre quienes poetizan y tienen manías hacia los dioses: odian con rabia al hombre del conocimiento y a aquella virtud, la más joven de todas, que se llama: honestidad.

Vuelven siempre la mirada hacia tiempos oscuros: entonces ciertamente ilusión y fe eran otra cosa; el furor de la razón era semejanza con dios y la duda pecado.

Demasiado bien conozco a estos semejantes a Dios. Quieren que se crea en ellos, y que la duda sea pecado.

Demasiado bien sé también qué es aquello en lo que más creen ellos mismos.

En verdad, no en trasmundos ni en gotas de sangre redentoras: sino que también en el cuerpo es en lo que más creen ellos mismos, y su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí.

Pero cosa enferma es éste para ellos: y con gusto saldrían de la piel. Por ello escuchan a los predicadores de la muerte y ellos mismos predican trasmundos.

Mejor oídme, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: es ésta una voz más honesta y más pura.

Con más honestidad y más pureza habla el cuerpo sano, el perfecto y cuadrado: y habla del sentido de la tierra.


Así habló Zaratustra.


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De los despreciadores del cuerpo.


A los despreciadores del cuerpo quiero decirles mi palabra: no me deben aprender ni enseñar otras doctrinas, sino sólo decir adiós a su propio cuerpo, y así enmudecer.

»Cuerpo soy yo y alma« — así habla el niño. ¿Y por qué no se debería hablar como los niños?

Mas el despierto, el sapiente dice: cuerpo soy yo enteramente, y nada más; y alma es sólo una palabra para algo en el cuerpo.

El cuerpo es una gran razón, una pluralidad con un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor.

Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, al que llamas »espíritu«, un pequeño instrumento y pequeño juguete de tu gran razón.

Dices »yo« y estás orgulloso de esa palabra. Pero más grande que esto, aunque no lo quieras creer, — es tu cuerpo y su gran razón: que no dice yo, pero obra yo.

Lo que el sentido siente, lo que el espíritu conoce, eso jamás tiene en sí su final. Pero sentido y espíritu querrían persuadirte de que ellos son el final de todas las cosas.

Instrumentos y juguetes son el sentido y el espíritu: tras ellos yace todavía el sí-mismo. El sí-mismo busca también con los ojos de los sentidos, escucha también con los oídos del espíritu.

El sí-mismo busca y escucha siempre: compara, domeña, conquista, destruye. Domina y es también el dominador del yo.

Tras tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se halla un amo poderoso, un sabio desconocido — se llama sí-mismo. En tu cuerpo habita él, es tu cuerpo.

Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe para qué necesita tu cuerpo precisamente de tu mejor sabiuría?

Tu sí-mismo se ríe de tu yo y de sus orgullosos saltos. »¿Qué son para mí esos saltos y vuelos del pensamiento? se dice. Un rodeo hacia mi fin. Yo soy las andaderas del yo y el apuntador de sus conceptos«.

El sí-mismo le dice al yo: »¡siente aquí dolor!« Y entonces sufre y piensa en cómo dejar de sufrir — y justo para ello debe pensar.

El sí-mismo le dice al yo: »¡siente aquí placer!« Entonces se alegra y piensa en cómo continuar alegrándose a menudo — y justo para ello debe pensar.

A los despreciadores del cuerpo quiero decirles una palabra. El que ellos desprecien, constituye su apreciar. ¿Qué es lo que creó el apreciar y el despreciar y el valor y la voluntad?

El sí-mismo creador creó para sí el apreciar y el despreciar, creó para sí el placer y el dolor. El cuerpo creador creó para sí el espíritu como una mano de su voluntad.

Incluso en vuestras tonterías y en vuestro desprecio, despreciadores del cuerpo, servís a vuestro sí-mismo. Yo os digo: también vuestro sí-mismo quiere morir y se desiste de la vida.

Ya no es capaz de lo que más quiere: — crear algo por encima de sí. Eso es lo que más quiere, en ello está todo su fervor.

Pero se le ha hecho demasiado tarde para eso: — por ello quiere vuestro sí-mismo ir a su ocaso, despreciadores del cuerpo.

Ir a su ocaso quiere vuestro sí-mismo, ¡por eso os convertisteis en despreciadores del cuerpo! Pues ya no sois capaces de crear por encima de vosotros.

Y por eso os enojáis ahora contra la vida y contra la tierra. Una inconsciente envidia hay en la oblicua mirada de vuestro desprecio.

¡Yo no voy por vuestro camino, despreciadores del cuerpo! ¡Vosotros no sois para mí puentes hacia el suprahombre!

Así habló Zaratustra.


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De las alegrías y de las pasiones.


Hermano mío, si tienes una virtud, y esa virtud es tuya, entonces no la tienes en común con nadie.

Ciertamente quieres llamarla por su nombre, y acariciarla; quieres tirarle de la oreja y pasar el rato con ella.

¡Y he aquí que ahora tienes su nombre en común con el pueblo y que, junto con tu virtud, te has convertido en pueblo y en rebaño!

Harías mejor en decir: »Inexpresable es y sin nombre lo que constituye el tormento y la dulzura de mi alma, y que es también el hambre de mis entrañas«.

Sea tu virtud demasiado alta para la familiaridad de los nombres: y si tienes que hablar de ella, no te avergüences de balbucear al hacerlo.

Habla y balbucea así: »Éste es mi bien, esto es lo que yo amo, así me complace del todo, solo así quiero yo el bien.

No lo quiero como ley de un dios, no lo quiero como un precepto y una forzocidad de los hombres. No sea para mí una guía hacia supratierras y paraísos.

Una virtud terrena es lo que yo amo: en ella hay poca inteligencia, y menos que nada, la razón de todos.

Pero ese pájaro construyó en mí su nido: por eso lo amo y lo aprieto contra mi pecho, — ahora se sienta dentro de mí sobre sus dorados huevos«.

Así debes balbucear y alabar tu virtud.

En otro tiempo tenías tus pasiones y las llamabas malvadas. Pero ahora no tienes más que tus virtudes: crecieron de tus pasiones.

Colocaste tu meta suprema en el corazón de esas pasiones: entonces se convirtieron en tus virtudes y alegrías.

Y aunque fueses de la especie de los coléricos o de la de los voluptuosos, o de los rabiosos en su fe o de los vengativos:

Al final todas tus pasiones se convirtieron en virtudes, y todos tus demonios en ángeles.

En otro tiempo tenías perros salvajes en tu mazmorra: pero al final se transformaron en pájaros y en amables cantoras.

De tus venenos te extrajiste tu bálsamo; a tu vaca Tribulación ordeñaste; — ahora bebes la dulce leche de sus ubres.

Y nada malvado crecerá ya de ti en lo sucesivo, a no ser el mal que crezca de la lucha de tus virtudes.

Hermano mío, si eres afortunado, tendrás una sola virtud, y no más: así pasarás con mayor ligereza por el puente.

Es una distinción tener demasiadas virtudes, pero una pesada suerte; y más de uno se fue al desierto y se mató porque estaba cansado de ser batalla y campo de batalla de virtudes.

Hermano mío, ¿son males la guerra y la batalla? Pero ese mal es necesario, necesarios son la envidia y la desconfianza y la calumnia entre tus virtudes.

Mira cómo cada una de tus virtudes está codiciosa de lo más alto de todo: quiere todo tu espíritu para que éste sea su heraldo, quiere toda tu fuerza en la cólera, en el odio y en el amor.

Celosa está cada virtud de la otra, y cosa horrible son los celos. También las virtudes pueden perecer a causa de celos.

Aquel a quien la llama de los celos lo rodea, hace volver contra sí mismo, igual que el escorpión, el aguijón envenenado.

Ay, hermano mío, ¿no has visto nunca todavía a una virtud calumniarse y acuchillarse a sí misma?

El hombre es algo que tiene que ser superado: y por eso debes amar tus virtudes, — pues perecerás a causa de ellas. —


Así habló Zaratustra.


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Del pálido delincuente.


Vosotros, jueces y sacrificadores, ¿no queréis matar hasta que el animal haya asentido con la cabeza? Mirad, el pálido delincuente asintió con la cabeza: desde sus ojos habla el gran desprecio.

»Mi yo es algo que debe ser superado: mi yo es para mí el gran desprecio del hombre«: así hablan esos ojos.

Que se juzgase a sí mismo fue su instante más alto: ¡no dejéis al elevado volver a caer en su bajeza!

No hay redención alguna para quien sufre tanto de sí mismo, excepto la muerte rápida.

Vuestro matar, jueces, debe ser compasión y no venganza. Y mientras matáis, ¡cuidad de que vosotros mismos justifiquéis la vida!

No basta con que os reconciliéis con aquel a quien matáis. Vuestra tristeza sea amor al suprahombre: ¡así justificáis vuestro seguir viviendo!

»Enemigo« debéis decir, mas no »malvado«, »enfermo« debéis decir, mas no »infame«, »tonto« debéis decir, mas no »pecador«.

Y tú, rojo juez, si dijeses en voz alta todo lo que ya has hecho con el pensamiento, todo el mundo gritaría: »¡Fuera esa inmundicia y ese gusano venenoso!«

Pero una cosa es el pensamiento, otra la acción, y otra la imagen de la acción. La rueda del motivo no rueda entre ellas.

Una imagen puso pálido a ese pálido hombre. A igual altura estaba él de su acción cuando la actuó: mas no soportó su imagen una vez actuada.

Siempre se vio desde entonces como autor de una sola acción. Demencia llamo yo a eso: la excepción se le invirtió tornándose en la esencia.

La raya hechiza a la gallina. El golpe que él dio hechizó su pobre razón — demencia después de la acción llamo yo a eso.

¡Oíd, jueces! Hay todavía otra demencia: la de antes de la acción. ¡Ay, no me os habéis reptado lo bastante profundo dentro de esa alma!

Así habla el rojo juez: »¿Por qué pues asesinó este delincuente? Quería robar«. Pero yo os digo: su alma quería sangre, no robo. Estaba sediento de la felicidad del cuchillo.

Mas su pobre alma no comprendía esa demencia y le persuadió. »¡Qué importa la sangre! le dijo; ¿no quieres al menos cometer un robo también? ¿Cobrar una venganza?«

Y él escuchó a su pobre razón. Como plomo yacía su discurso sobre él, — entonces robó, al asesinar. No quería avergonzarse de su demencia.

Y ahora otra vez el plomo de su culpa yace sobre él, y otra vez su pobre razón está igual de tiesa, igual de paralizada, igual de pesada.

Si sólo pudiera sacudir la cabeza, esa carga suya rodaría abajo: mas ¿quién sacude esa cabeza?

¿Qué es este hombre? Un cúmulo de enfermedades, que a través del espíritu se propagan en el mundo: ahí quieren tener su presa.

¿Qué es este hombre? Una maraña de serpientes salvajes, que rara vez tienen paz entre sí, — entonces se va cada una por su lado buscando botín en el mundo.

¡Mirad ese pobre cuerpo! Lo que el sufría y codiciaba, esa pobre alma se lo interpretaba — lo interpretaba como placer asesino y como ansia por la felicidad del cuchillo.

El que ahora se enferma, lo asalta el mal, lo que ahora es mal: él quiere hacer daño con lo que a él le hace daño. Pero hubo otros tiempos, y otros males y bienes.

En otro tiempo eran un mal la duda y la voluntad de sí mismo. Entonces el enfermo se convertía en hereje y en bruja: como hereje y como bruja sufría y quería hacer sufrir.

Pero esto no quiere entrar en vuestros oídos: perjudica a vuestros buenos, me decís. ¡Mas qué me importan a mí vuestros buenos!

Muchas cosas de vuestros buenos me producen náuseas, y en verdad, no su mal. ¡Pues yo quisiera que tuviesen una demencia a causa de la cual pereciesen, como ese pálido delincuente!

En verdad, yo quisiera que su demencia se llamase verdad o fidelidad o justicia: pero ellos tienen su virtud para vivir mucho tiempo y en un lamentable bienestar.

Yo soy un pretil junto a la corriente: ¡agárreme el que pueda agarrarme! Pero no soy vuestra muleta. —


Así habló Zaratustra.


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Del leer y el escribir.


De todo lo escrito amo tan sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.

No es asunto fácil entender sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen.

Quien conoce al lector, no hace ya nada por el lector. Un siglo de lectores todavía — hasta el espíritu apestará.

Que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer, corrrompe a la larga no solo el escribir, sino también el pensar.

En otro tiempo el espíritu era Dios, luego se convirtió en hombre, y ahora se convierte incluso en plebe.

Quien escribe en sangre y en sentencias, ése no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.

En las montañas el camino más corto es de cumbre a cumbre: mas para ello tienes que tener piernas largas. Cumbres deben ser las sentencias: y aquellos a quienes se habla, hombres grandes y robustos.

El aire ligero y puro, el peligro cercano y el espíritu lleno de una alegre maldad: todo esto encaja bien entre sí.

Quiero tener duendes a mi alrededor, pues soy valeroso. El valor que ahuyenta los fantasmas se crea sus propios duendes, — el valor quiere reír.

Yo ya no tengo sentimientos en común con vosotros: esa nube que veo por debajo de mí, esa negrura y pesadez de que me río, — precisamente ésa es vuestra nube tormentosa.

Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado.

¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado?

Quien sube a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida.

Valerosos, despreocupados, irónicos, violentos, — así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero.

Vosotros me decís: »la vida es pesada de llevar«. Mas ¿para qué tendríais vuestro orgullo por las mañanas y vuestra resignación por las tardes?

La vida es pesada de llevar: ¡pero no me os pongáis tan delicados! Todos nosotros somos bonitos borricos y borricas de carga.

¿Qué tenemos nosotros en común con el capullo de la rosa que tiembla porque yace sobre su cuerpo una gota de rocío?

Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a ella, sino porque estamos habituados a amar.

Siempre hay algo de locura en el amor. Pero siempre hay también algo de razón en la locura.

Y también a mí, que soy bueno con la vida, me parece que las mariposas y las burbujas de jabón y todo lo que es de su tipo entre los hombres, saben más de felicidad.

Ver revolotear esas ligeras, alocadas, graciosas y movedizas almitas — seduce a Zaratustra hacia lágrimas y canciones.

Yo sólo creería en un dios que supiese bailar.

Y cuando vi a mi demonio, lo encontré serio, minucioso, profundo, solemne: era el espíritu de la pesadez, — por él caen todas las cosas.

No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, matemos al espíritu de la pesadez!

He aprendido a andar: desde entonces me permito correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empujado para moverme de un sitio.

Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí.


Así habló Zaratustra.


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Del árbol en la montaña.


El ojo de Zaratustra había visto que un joven lo evitaba. Y cuando una tarde andaba solo por las montañas que circundaban la ciudad que es llamada »la vaca multicolor«: he aquí que encontró en su camino a aquel joven, sentado junto a un árbol en el que se apoyaba y viendo hacia el valle con mirada cansada. Zaratustra agarró el árbol junto al cual estaba sentado el joven, y habló así:

Si yo quisiera sacudir este árbol de aquí con mis manos, no sería capaz.

Pero el viento, que no vemos, lo maltrata y dobla hacia donde quiere. Manos invisibles son las que a nosotros peor nos doblan y maltratan.

Entonces se levantó el joven consternado y dijo: »oigo a Zaratustra y justo en él estaba pensando«. Zaratustra respondió:

»¿Por ello te espantas? — Pasa con el hombre como con el árbol.

Cuanto más quiere subir hacia la altura y la claridad, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo — hacia el mal«.

»¡Sí, hacia el mal! exclamó el joven. ¿Cómo es posible que hayas descubierto mi alma?«

Zaratustra sonrió y dijo: »A algunas almas no se las descubrirá nunca a no ser que primero se las invente«.

»¡Sí, hacia el mal! exclamó el joven otra vez.

Dijiste la verdad, Zaratustra. Ya no confío en mí mismo desde que quiero ir hacia la altura, y ya nadie confía en mí, — ¿cómo pues ocurrió esto?

Me transformo demasiado rápido: mi hoy refuta a mi ayer. A menudo salto los escalones cuando subo, — esto no me lo perdona ningún escalón.

Cuando estoy arriba, siempre me encuentro solo. Nadie habla conmigo, las heladas de la soledad me hacen temblar. ¿Qué quiero pues yo en la altura?

Mi desprecio y mi anhelo crecen juntos; cuanto más alto subo, tanto más desprecio al que sube. ¿Qué quiere pues él en la altura?

¡Cuánto me avergüenzo de mi subir y tropezar! ¡Cuánto me mofo de mi vehemente jadear! ¡Cuánto odio al que vuela! ¡Cuán cansado estoy en la altura!«

Aquí el joven calló. Y Zaratustra contempló el árbol junto al cual se hallaban y habló así:

Este árbol se halla solitario aquí en la montaña; creció muy por encima del hombre y del animal.

Y si quisiera hablar, no tendría a nadie que lo entendiese: tan alto creció.

Ahora aguarda y aguarda, — ¿a qué aguarda pues? Habita demasiado cerca del asiento de las nubes: ¿acaso aguarda el primer rayo?

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, el joven exclamó con gestos vehementes: »Sí, Zaratustra, tú dices verdad. Yo deseaba mi ocaso cuando quería ir hacia la altura, ¡y tú eres el rayo por el yo aguardaba! Mira, ¿qué soy yo desde que tú nos has aparecido? ¡La envidia de ti es lo que me ha destruido!« — Así habló el joven y lloró amargamente. Mas Zaratustra colocó su brazó en torno a él y se lo llevó consigo.

Y cuando hubieron caminado un rato juntos, Zaratustra comenzó a hablar así:

Desgarrado está mi corazón. Mejor que tus palabras, es tu ojo el que me dice todo tu peligro.

Todavía no eres libre, buscas todavía la libertad. Tu búsqueda te ha hecho insomne y te ha desvelado demasiado.

Quieres ir hacia la altura libre, tu alma tiene sed de estrellas. Pero también tus malos instintos tienen sed de libertad.

Tus perros salvajes quieren libertad; ladran de placer en su cueva cuando tu espíritu se propone abrir todas las prisiones.

Todavía me eres un prisionero que se imagina la libertad: ay, inteligente se vuelve el alma de tales prisioneros, pero también astuta y mala.

Tiene que purificarse todavía el liberado del espíritu. Mucha prisión y moho quedan todavía en él: puro tiene que volverse todavía su ojo.

Sí, conozco tu peligro. Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes tu amor y tu esperanza!

Todavía te sientes noble, y noble te sienten todavía también los otros que te tienen rencor y te dirigen miradas malvadas. Sabe que a todos un noble se les halla en el camino.

También a los buenos un noble se les halla en el camino: y aun cuando lo llamen bueno, con ello lo que quieren es apartarlo a un lado.

El noble quiere crear lo nuevo y una nueva virtud. El bueno quiere lo viejo y que lo viejo quede conservado.

Pero no es el peligro del noble volverse bueno, sino fresco, burlón, aniquilador.

Ay, yo conocí nobles que perdieron su más alta esperanza. Y desde entonces calumniaron toda esperanza elevada.

Desde entonces vivieron frescamente en medio de breves placeres y apenas se trazaron metas de más de un día.

»El espíritu es también voluptuosidad« — así dijeron. Y entonces a su espíritu se le quebraron las alas: ahora se arrastra de un lado para otro y mancha todo lo que roe.

En otro tiempo pensaron convertirse en héroes: ahora son libertinos. Pesadumbre y horror es para ellos el héroe.

Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes al héroe que hay en tu alma! ¡Retén santa tu más alta esperanza! —


Así habló Zaratustra.


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De los predicadores de la muerte.


Existen predicadores de la muerte. Y la tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicarles que desistan de vivir.

Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiados. ¡Que alguien los atraiga con la »vida eterna« fuera de esta vida!

»Amarillos«: así se llama a los predicadores de la muerte, o »negros«. Pero yo quiero mostrároslos todavía en otros colores.

Ahí están los seres terribles, que llevan dentro de sí al depredador y no tienen otra elección más que o placeres o autolaceración. E incluso sus placeres continúan siendo autolaceración.

Todavía no se han convertido siquiera en hombres, esos seres terribles. ¡Que prediquen el desistir de la vida y ellos mismos se larguen!

Ahí están los tuberculosos del alma: apenas han nacido y ya comenzaron a morir, y anhelan doctrinas de cansancio y de renuncia.

Querrían con gusto estar muertos, ¡y deberíamos aprobar su voluntad! ¡Guardémonos de despertar a esos muertos y de lastimar a esos ataúdes vivientes!

Si encuentran a un enfermo, o a un anciano, o un cadáver, ahí mismo dicen: »¡la vida está refutada!«

Pero tan sólo ellos están refutados, y sus ojos, que no ven más que un solo rostro en la existencia.

Envueltos en espesa melancolía y ansiosos por los pequeños azares que traen la muerte: así aguardan, y apretando los dientes.

O bien: cogen las confituras y, al hacerlo, se mofan de su niñería: penden de la caña de paja de su vida y se mofan de seguir pendiendo de una caña de paja.

Su sabiduría dice: »un tonto quien permanece con vida, ¡mas nosotros somos así de tontos! ¡Y justamente eso es lo más tonto en la vida!« —

»La vida es tan sólo sufrimiento« — así dicen otros, y no mienten: ¡así que procurad pues acabar vosotros! ¡Así que procurad pues acabar esa vida que es tan sólo sufrimiento!

Y diga así la enseñanza de vuestra virtud: »¡Debes tú matarte a ti mismo! ¡Debes tú sacarte a ti mismo!«

»La voluptuosidad es pecado, — así dicen los unos, que predican la muerte — ¡apartémonos y no engendremos hijos!«

»Dar a luz es cosa ardua, — así dicen los otros — ¿para qué seguir dando a luz? ¡No se da a luz más que a seres infelices!« Y también éstos son predicadores de la muerte.

»Compasión hace falta — así dicen los terceros. ¡Tomad lo que yo tengo! ¡Tomad lo que yo soy! ¡Así menos me atará la vida!«

Si fueran compasivos a fondo, quitarían a sus prójimos el gusto por la vida. Ser malvados — ésa sería su verdadera bondad.

Pero zafarse quieren ellos de la vida — ¡qué les interesa el que con sus cadenas y regalos aten a otros más fuertemente todavía! —

Y también vosotros, para quienes la vida es trabajo salvaje e inquietud: ¿no estáis muy cansados de la vida? ¿no estáis muy maduros para la predicación de la muerte?

Todos vosotros, que queréis el trabajo salvaje, lo rápido, lo nuevo y lo extraño, — os soportáis mal a vosotros, vuestra diligencia es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo.

Si creyeseis más en la vida, os lanzaríais menos al instante. ¡Pero no tenéis para el aguardar bastante contenido en vosotros — y ni siquiera para la pereza!

Por todas partes resuena la voz de quienes predican la muerte: y la tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicarles la muerte.

O »la vida eterna«: me da igual, — ¡con tal de que se larguen rápido a ella!


Así habló Zaratustra.


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De la guerra y del pueblo guerrero.


No queremos ser tratados con indulgencia por nuestros mejores enemigos, y tampoco por aquellos a quienes amamos a fondo. ¡Así que dejadme pues deciros la verdad!

¡Hermanos míos en la guerra! Yo os amo a fondo, soy y he sido vuestro igual. Y soy también vuestro mayor enemigo. ¡Así que dejadme pues deciros la verdad!

Yo sé del odio y de la envidia de vuestro corazón. No sois bastante grandes para no conocer odio y envidia. ¡Así que sed pues lo bastante grandes para no avergonzaros de ellos!

Y si no podéis ser santos del conocimiento, sedme al menos guerreros de él. Éstos son los compañeros y los precursores de tal santidad.

Veo muchos soldados: ¡muchos guerreros yo quisiera ver! »Uni-forme« se llama lo que llevan puesto: ¡ojalá no sea uni-formidad lo que con ello encubren!

Me debéis ser de aquellos cuyos ojos buscan siempre un enemigo — vuestro enemigo. Y en algunos de vosotros hay un odio a primera vista.

Debéis buscar vuestro enemigo, debéis hacer vuestra guerra, ¡y por vuestros pensamientos! Y si vuestro pensamiento sucumbre, ¡vuestra honestidad debe todavía gritar triunfo por ello!

Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras. Y la paz corta más que la larga.

A vosotros no os aconsejo el trabajo, sino la lucha. A vosotros no os aconsejo la paz, sino la victoria. ¡Sea vuestro trabajo una lucha, sea vuestra paz una victoria!

Sólo se puede callar y estarse tranquilo cuando se tiene una flecha y un arco: de lo contrario se parlotea y se disputa. ¡Sea vuestra paz una victoria!

¿Vosotros decís que la buena causa es la que santifica incluso la guerra? Yo os digo: la buena guerra es la que santifica toda causa.

La guerra y el valor han hecho cosas más grandes que el amor al prójimo. No vuestra compasión, sino vuestra valentía es la que ha salvado hasta ahora a los infortunados.

¿Qué es bueno? preguntáis. Ser valiente es bueno. Dejad que las niñas pequeñas digan: »es bueno lo que es bonito y a la vez conmovedor«.

Se os llama faltos de corazón: pero vuestro corazón es auténtico, y yo amo la vergüenza de vuestra cordialidad. Vosotros os avergonzáis de vuestra pleamar, y otros se averguenzan de su bajamar.

¿Sois feos? ¡Pues bien, hermanos míos! ¡Poneos lo sublime en torno vuestro, que es el manto de lo feo!

Y si vuestra alma se vuelve grande, se vuelve soberbia, y en vuestra sublimidad hay maldad. Yo os conozco.

En la maldad el soberbio se encuentra con el debilucho. Pero se malentienden recíprocamente. Yo os conozco.

Sólo os es lícito tener enemigos que haya que odiar, pero no enemigos para despreciar. Tenéis que estar orgullosos de vuestro enemigo: entonces los éxitos de él son también vuestros éxitos.

Rebelión — ésa es la nobleza en el esclavo. ¡Sea vuestra nobleza obediencia! ¡Sea vuestro mandar mismo un obedecer!

A un buen guerrero el »tú debes« le suena más agradable que el »yo quiero«. Y a todo lo que para vosotros es querido debéis dejar incluso que primero os mande.

Vuestro amor a la vida sea amor a vuestra esperanza más alta: ¡y sea vuestra esperanza más alta el pensamiento más alto de la vida!

Mas vuestro pensamiento más alto debéis dejar que yo os mande — y dice así: el hombre es algo que debe ser superado.

¡Así que vivid vuestra vida de obediencia y de guerra! ¡Qué importa una vida larga! ¡Qué guerrero quiere ser tratado con indulgencia!

¡Yo no os trato con indulgencia, yo os amo a fondo, hermanos míos en la guerra!


Así habló Zaratustra.


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Del nuevo ídolo.


En algún lugar hay todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.

¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abridme ahora los oídos, pues ahora os diré mi palabra sobre la muerte de los pueblos.

Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Fríamente miente también; y esta mentira sale reptando de su boca: »Yo, el Estado, soy el pueblo«.

¡Mentira! Creadores fueron los que crearon los pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor: así sirvieron a la vida.

Aniquiladores son los que colocaron trampas para los muchos y las llamaron Estado: éstos suspenden encima de ellos una espada y cien apetitos.

Donde todavía hay pueblo, éste no entiende al Estado y lo odia como mal de ojo y pecado contra las costumbres y los derechos.

Esta señal os doy: cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal: el vecino no la entiende. Él se creó su lengua propia del bien y del mal.

Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga — miente, y tenga lo que tenga, lo ha robado.

Todo es falso en él — con dientes robados muerde, ese mordedor. Falsas son incluso sus entrañas.

Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad, voluntad de muerte es lo que esta señal indica! ¡En verdad, hace señas a los predicadores de la muerte!

Nacen demasiados: ¡para los superfluos fue inventado el Estado!

¡Miradme cómo atrae a los demasiados! ¡Cómo los devora y los masca y remasca!

»Sobre la tierra no hay nada más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios« — así ruge la bestia. ¡Y no sólo los de orejas largas y vista corta se postran de rodillas!

¡Ay, también en vosotros, los de alma grande, susurra él sus sombrías mentiras! Él adivina los corazones ricos, que con gusto se prodigan.

¡Sí, también os adivina a vosotros, los vencedores del viejo Dios! Os habéis cansado en la lucha, ¡y ahora vuestro cansancio continúa sirviendo al nuevo ídolo!

¡Héroes y hombres de honor quisiera erigir en torno a sí el nuevo ídolo! ¡Le gusta solearse al sol de buenas conciencias — a ese fría bestia!

Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis: así él se compra el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.

¡Quiere con vosotros pescar a los demasiados! ¡Sí, un artificio infernal fue inventado aquí, un caballo de la muerte que tintinea con el atavío de honores divinos!

Sí, una muerte para muchos fue inventado aquí, la cual se precia a sí misma de ser vida: ¡en verdad, un cordial servicio para todos los predicadores de la muerte!

Estado llamo yo en donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado, en donde todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos: Estado, en donde el lento suicidio de todos se llama — »la vida«.

¡Miradme a esos superfluos! Roban para sí las obras de los inventores y los tesoros de los sabios: cultura llaman a su latrocinio — ¡y todo se vuelve para ellos en enfermedad y fastidio!

¡Miradme a esos superfluos! Enfermos están siempre, vomitan su bilis y la llaman periódico. Se tragan entre sí y no pueden siquiera digerirse.

¡Miradme a esos superfluos! Adquieren riquezas y con ello se vuelven más pobres. Quieren poder y en primer lugar la palanqueta del poder, mucho dinero, — ¡esos insolventes!

¡Miradlos trepar a esos veloces monos! Trepan unos por encima de otros y se arrastran así al fango y a la profundidad.

Todos quieren llegar al trono: ésa es su demencia, — ¡como si la felicidad se sentara en el trono! A menudo es el fango el que se sienta en el trono — y también a menudo es el trono el que se sienta en el fango.

Dementes son todos ellos para mí, y monos trepadores, y exaltados. Mal me huele su ídolo, esa fría bestia. Mal me huelen todos ellos juntos, esos idólatras.

Hermanos míos, ¿es que queréis asfixiaros con el tufo de sus hocicos y de sus apetitos? ¡Romped mejor las ventanas y saltad al aire libre!

¡Salid del camino del mal olor! ¡Alejaos de la idolatría de los superfluos!

¡Salid del camino del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrificios humanos!

Libre se halla todavía, incluso ahora, para las almas grandes, la tierra. Vacíos están todavía muchos sitios para eremitas solitarios o en pareja.

Libre todavía se halla, para las almas grandes, una vida en libertad. En verdad, quien poco posee, tanto menos es poseído: ¡alabada sea la pequeña pobreza!

Allí donde acaba el Estado, solo allí comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.

Allí donde acaba el Estado, — ¡miradme allí, hermanos míos! ¿No veis el arcoiris y los puentes del suprahombre? —


Así habló Zaratustra.


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De las moscas del mercado.


¡Huye, amigo mío, a tu soledad! Te veo aturdido por el ruido de los grandes hombres y acribillado por los aguijones de los pequeños.

El bosque y la roca saben callar dignamente contigo. Vuelve a ser igual que el árbol al que amas, aquél de amplias ramas: silencioso y atento pende sobre el mar.

Donde acaba la soledad, allí comienza el mercado; donde comienza el mercado, allí comienza el ruido de los grandes comediantes y el pitido de las moscas venenosas.

En el mundo incluso las mejores cosas no valen nada sin alguien que primero las represente: grandes hombres llama el pueblo a esos representantes.

El pueblo comprende poco lo grande, esto es: lo creador. Pero tiene sentidos para todos los representantes y comediantes de grandes cosas.

En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: — de modo invisible gira. Pero en torno a los comediantes giran el pueblo y la fama: así corre el mundo.

Espíritu tiene el comediante, pero poca conciencia de espíritu. Cree siempre en aquello con lo que él más fuertemente hace creer, — ¡creer en él!

Mañana tendrá una nueva fe y pasado mañana otra más nueva: raudos sentidos tiene él, igual que el pueblo, y premoniciones cambiantes.

Derribar — eso significa para él: demostrar. Volver loco a uno — eso significa para él: convencer. Y la sangre es para él el mejor de todos los argumentos.

A una verdad que sólo se desliza en finos oídos la llama mentira y nada. ¡En verdad, sólo cree en dioses que hagan gran ruido en el mundo!

Lleno de bufones solemnes está el mercado — ¡y el puebo se gloria de sus grandes hombres! Éstos son para él los señores del momento.

Pero el momento los apremia: así te apremian ellos a ti. Y también de ti quieren ellos un sí o un no. Ay, ¿quieres poner tu silla entre un pro y un contra?

¡De esos incondicionales y apremiantes no tengas celos, amante de la verdad! Nunca se ha colgado todavía la verdad del brazo de un incondicional.

A causa de esa gente súbita, regresa a tu seguridad: sólo en el mercado se es asaltado con un ¿sí o no?

Lenta es la vivencia de todos los pozos profundos: largo tiempo tienen que aguardar hasta saber qué cayó en su profundidad.

Fuera del mercado y de la fama se da todo lo grande: fuera del mercado y de la fama habitaron desde siempre los inventores de nuevos valores.

Huye, amigo mío, a tu soledad: te veo acribillado por moscas venenosas. ¡Huye allí donde sopla un viento áspero, fuerte!

¡Huye a tu soledad! Viviste demasiado cerca de los pequeños y mezquinos. ¡Huye de su venganza invisible! Ellos no son otra cosa que venganza contra ti.

¡No levantes más el brazo contra ellos! Son incontables, y no es tu destino ser espantamoscas.

Incontables son esos pequeños y mezquinos; y para más de un edificio orgulloso las gotas de lluvia y los yerbajos significaron su ocaso.

No eres ninguna piedra, pero fuiste excavado ya por muchas gotas. Terminarás por resquebrajárteme y por rompérteme en pedazos por las muchas gotas.

Cansado te veo por las moscas venenosas, con sangrientos rasguños te veo en cien sitios; y tu orgullo no quiere siquiera enojarse.

Sangre quisieran ellas de ti con toda inocencia; sangre es lo que codician sus almas exangües — y por eso pican con toda inocencia.

Pero tú, profundo que eres, sufres demasiado profundamente incluso por pequeñas heridas; y antes incluso de que te hayas sanado, se arrastraba el mismo gusano venenoso por tu mano.

Demasiado orgulloso me eres para matar a esos golosos. ¡Mas guárdate de que no se convierta en tu fatalidad sobrellevar toda su venenosa injusticia!

Ellos zumban a tu alrededor también con su alabanza: impertinencia es su alabanza. Quieren la cercanía de tu piel y de tu sangre.

Ellos te adulan como a un dios o un demonio; lloriquean delante ti como delante de un dios o un demonio. ¡Qué más da! Son aduladores y lloricones y nada más.

También a menudo se la dan de amables contigo. Pero ésa fue siempre la inteligencia de los cobardes. ¡Sí, los cobardes son inteligentes!

Piensan mucho sobre ti con su alma estrecha, — ¡preocupante les eres siempre! Todo aquello sobre lo que se piensa mucho se vuelve preocupante.

Te castigan por todas tus virtudes. Sólo te perdonan de verdad — tus fallos.

Como tú eres suave y de sentir justo, dices: »ellos no tienen la culpa de su pequeña existencia«. Mas la estrecha alma de ellos piensa: »culpable es toda gran existencia«.

Aun cuando eres suave con ellos, se sienten incluso despreciados por ti; y te devuelven tus bondades con daños encubiertos.

Tu orgullo sin palabras siempre repugna a su gusto: se alborozan cuando alguna vez eres bastante modesto para ser vanidoso.

Lo que nosotros reconocemos en un hombre, eso lo inflamamos también en él. ¡Por eso guárdate de los pequeños!

Ante ti se sienten pequeños, y su bajedad quema y arde contra ti en invisible venganza.

¿No notaste cómo enmudecían cuando te acercabas a ellos, y cómo su fuerza se les iba cual humo de fuego que se extingue?

Sí, amigo mío, la conciencia malvada eres tú para tus prójimos: pues son ellos indignos de ti. Por eso te odian y querrían con gusto chupar tu sangre.

Tus prójimos serán siempre moscas venenosas; eso que en ti es grande, — ¡eso mismo tiene que hacerlos más venenosos y siempre más moscas!

Huye, amigo mío, a tu soledad, y allí donde sopla un viento áspero, fuerte. No es tu destino ser espantamoscas. —


Así habló Zaratustra.


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De la castidad.


Yo amo el bosque. En las ciudades se vive mal: allí hay demasiados calenturientos.

¿No es mejor caer en las manos de un asesino que en los sueños de una mujer calenturienta?

Y miradme a esos hombres: sus ojos lo dicen — no conocen nada mejor en la tierra que yacer con una mujer.

Fango hay en el fondo de su alma; ¡y ay si su fango tiene además espíritu!

¡Si al menos como animales fuerais perfectos! Mas al animal pertenece la inocencia.

¿Os aconsejo yo matar vuestros sentidos? Yo os aconsejo la inocencia de los sentidos.

¿Os aconsejo yo la castidad? La castidad es en algunos una virtud, pero en muchos es casi un vicio.

Éstos sin duda se contienen: mas la perra Sensualidad mira con envidia desde todo lo que hacen.

Incluso en las alturas de su virtud y hasta en la frialdad del espíritu los sigue ese bicho con su insatisfacción.

¡Y qué gentilmente sabe la perra Sensualidad mendigar un pedazo de espíritu cuando se le deniega un pedazo de carne!

¿Vosotros amáis las tragedias y todo lo que destroza el corazón? Mas yo desconfío de vuestra perra.

Vosotros tenéis para mí ojos demasiado crueles y miráis con lujuria hacia los que sufren. ¿Es que vuestra voluptuosidad no hizo más que disfrazarse y se hace llamar compasión?

Y también os doy esta parábola: no pocos que quisieron expulsar a su demonio, fueron ellos mismos a parar dentro de los cerdos.

A quien la castidad le caiga difícil, hay que desaconsejársela: para que no se convierta ella en el camino hacia el infierno — esto es: hacia el fango y la calentura del alma.

¿Hablo yo de cosas sucias? Esto no es para mí lo peor.

No cuando la verdad es sucia, sino cuando no es profunda le disgusta al hombre del conocimiento sumergirse en sus aguas.

En verdad, hay personas castas de raíz: son más suaves de corazón, ríen mejor y con más frecuencia que vosotros.

Se ríen incluso de la castidad y preguntan: »¡Qué es la castidad!

¿No es la castidad una tontería? Pero esa tontería ha venido a nosotros y no nosotros a ella.

Hemos ofrecido albergue y corazón a ese huésped: ahora habita en nosotros, — ¡puede quedarse el tiempo que quiera!«


Así habló Zaratustra.


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Del amigo.


»Uno solo a mi alrededor es siempre demasiado« — así piensa el eremita. »Siempre uno por uno — ¡da a la larga dos!«

Yo y mí siempre conversan con demasiado empeño: ¿cómo habría de tolerarlo si no hubiese un amigo?

Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que la conversación de los dos se hunda en la profundidad.

Ay, existen demasiadas profundidades para todos los eremitas. Por ello anhelan tanto un amigo y su altura.

Nuestra creencia en los demás delata lo que quisiéramos creer de nosotros mismos. Nuestro anhelo de un amigo es nuestro delator.

Y a menudo con el amor no se quiere más que saltar por encima de la envidia. Y a menudo atacamos y nos creamos un enemigo para ocultar que somos vulnerables.

»¡Sé al menos mi enemigo!« — así habla el verdadero respeto, que no se atreve a pedir amistad.

Si se quiere tener un amigo, también hay que querer hacer la guerra por él: y para hacer la guerra hay que poder ser enemigo.

Se debe en el propio amigo honrar incluso al enemigo. ¿Puedes acercarte mucho a tu amigo sin pasarte a su bando?

En el propio amigo se debe tener al mejor enemigo. Debes estarle lo más próximo con el corazón cuando le opones resistencia.

¿No quieres llevar vestido alguno delante de tu amigo? ¿Debe ser un honor para tu amigo el que te ofrezcas a él tal como eres? ¡Pero él te mandará al diablo por esto!

El que no se recata, indigna: ¡tanta razón tenéis para temer la desnudez! ¡Sí, si fueseis dioses, entonces os sería lícito avergonzaros de vuestros vestidos!

No te puedes adornar bastante bien para tu amigo: pues debes ser para él una flecha y un anhelo hacia el suprahombre.

¿Viste ya dormir a tu amigo, — para saber cómo se ve? ¿Qué es pues por lo demás el rostro de tu amigo? Es tu propio rostro, en un espejo áspero e imperfecto.

¿Viste ya dormir a tu amigo? ¿No te espantaste por que tu amigo se viera así? Oh, amigo mío, el hombre es algo que tiene que ser superado.

En el adivinar y en el permanecer callado debe ser maestro el amigo: no tienes que querer ver todo. Tu sueño debe revelarte lo que tu amigo hace en la vigilia.

Un adivinar sea tu compasión: para que sepas primero si tu amigo quiere compasión. Tal vez él ame en ti los ojos firmes y la mirada de la eternidad.

La compasión por el amigo escóndase bajo una dura cáscara, debes dejarte un diente en esto. Así tendrá su sutileza y dulzura.

¿Eres tú aire puro y soledad y pan y medicina para tu amigo? Más de uno no puede soltar sus propias cadenas y es, sin embargo, un redentor para el amigo.

¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo. ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos.

Por demasiado tiempo estuvo encubierto en la mujer un esclavo y un tirano. Por ello la mujer no es todavía capaz de amistad: tan sólo conoce el amor.

En el amor de la mujer hay injusticia y ceguera frente a todo lo que ella no ama. Y hasta en el amor sapiente de la mujer continúa habiendo asalto, y rayo y noche al lado de la luz.

Todavía la mujer no es capaz de amistad: gatas continúan siendo las mujeres, y pájaros. O, en el mejor de los casos, vacas.

Todavía la mujer no es capaz de amistad. Pero decidme, varones, ¿quién de vosotros es pues capaz de amistad?

¡Oh, cuánta pobreza, varones, cuánta avaricia la de vuestra alma! Lo que vosotros dais al amigo, eso quiero dárselo incluso a mi enemigo, y tampoco por ello me habré vuelto más pobre.

¡Existe la camaraderia: ojalá exista la amistad!


Así habló Zaratustra.


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De las mil metas y de la única meta.


Muchos países vio Zaratustra, y muchos pueblos: así fue que descubrió el bien y el mal de muchos pueblos. Y ningún poder más grande encontró Zaratustra sobre la tierra que las palabras bueno y malvado.

Vivir no podría ningún pueblo si primero no valorase; mas si quiere conservarse, no le es lícito valorar como valora el vecino.

Muchas cosas que este pueblo llamó buenas, el otro las llamó burla y vergüenza: esto fue lo que yo encontré. Muchas cosas encontré consideradas aquí malvadas, y allí adornadas con honores de púrpura.

Nunca un vecino entendió al otro: siempre su alma se asombraba de la demencia y de la maldad del vecino.

Una tabla del bien pende sobre cada pueblo. Mira, es la tabla de sus superaciones; mira, es la voz de su voluntad de poder.

Alabable es aquello que le es difícil; a lo indispensable y difícil lo llama bueno, y lo que libera incluso de la suprema necesidad, lo raro, dificilísimo, — eso lo ensalza como santo.

Lo que hace que él domine, venza y brille, para horror y envidia de su vecino: eso es para él lo elevado, lo primero, la medida, el sentido de todas las cosas.

En verdad, hermano mío, si conociste primero la necesidad y la tierra y el cielo y el vecino de un pueblo, entonces adivinarás sin duda la ley de sus superaciones y el por qué sube por esa escalera hacia su esperanza.

»Siempre debes ser tú el primero y aventajar a los otros: a nadie, excepto al amigo, debe amar tu alma celosa« — esto hacía estremecer el alma de un griego: y con ello siguió la senda de su grandeza.

»Decir la verdad y manejar bien el arco y la flecha« — esto le parecía preciado y a la vez difícil a aquel pueblo del que proviene mi nombre — el nombre que es para mí a la vez preciado y difícil.

»Honrar padre y madre y estar a su voluntad hasta la raíz del alma«: esta tabla de la superación suspendió otro pueblo por encima de sí y con ello se volvió poderoso y eterno.

»Guardar fidelidad y, por amor a ella, poner el honor y la sangre aun por causas malvadas y peligrosas«: con esta enseñanza se domeñó a sí mismo otro pueblo, y domeñándose así se volvió grávido y pesado de grandes esperanzas.

En verdad, los hombres se dieron a sí mismos todo su bien y todo su mal. En verdad, no lo tomaron, no lo encontraron, no les cayó como una voz del cielo.

El hombre colocó primero valores en las cosas para conservarse, — ¡él fue el primero en crear un sentido a las cosas, un sentido humano! Por eso se llama »hombre«, es decir: el que valora.

Valorar es crear: ¡oídlo, creadores! El valorar mismo es el tesoro y la joya de todas las cosas valoradas.

Solo por el valorar existe el valor: y sin el valorar estaría hueca la nuez de la existencia. ¡Oídlo, creadores!

Cambio de los valores, — esto es, cambio de los creadores. ¡Siempre aniquila quien tiene que ser un creador!

Creadores fueron primero los pueblos, y solo más tarde los individuos; en verdad, el individuo mismo es todavía la creación más reciente.

En otro tiempo los pueblos suspendieron por encima de sí una tabla del bien. El amor que quiere dominar, y el amor que quiere obedecer, crearon juntos para sí tales tablas.

El placer de ser rebaño es más antiguo que el placer de ser un yo: y mientras la buena conciencia se llame rebaño, sólo la mala conciencia dice: yo.

En verdad, el yo astuto, el carente de amor, el que busca su utilidad en la utilidad de muchos: ése no es el origen del rebaño, sino su ocaso.

Amantes fueron siempre, y creadores, los que crearon el bien y el mal. Fuego de amor arde en los nombres de todas las virtudes, y fuego de cólera.

Muchos países vio Zaratustra, y muchos pueblos: y ningún poder más grande encontró Zaratustra sobre la tierra que las obras de los amantes: »bueno« y »malvado« es el nombre de tales obras.

En verdad, un monstruo es el poder de ese alabar y censurar. Decidme, hermanos, ¿quién me lo domeña? Decidme, ¿quién lanza el grillete sobre las mil cervices de ese animal?

Mil metas ha habido hasta ahora, pues mil pueblos ha habido. Tan sólo continúa faltando el grillete de las mil cervices, sólo falta la única meta. Todavía no tiene la humanidad meta alguna.

Pero decidme pues, hermanos míos: si a la humanidad le falta todavía la meta, ¿no falta todavía también — ella misma?


Así habló Zaratustra.


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Del amor al prójimo.


Vosotros os apretujáis alrededor del prójimo y tenéis hermosas palabras para ello. Pero yo os digo: vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos.

Huis hacia el prójimo huyendo de vosotros mismos, y quisierais hacer de eso una virtud: pero yo veo a través de vuestro »desinterés«.

El tú es más antiguo que el yo: el tú ha sido santificado, pero el yo todavía no: por eso va el hombre, apretujándose, hacia el prójimo.

¿Os aconsejo yo el amor al prójimo? ¡Más bien yo os aconsejo la huida del projimo y el amor al lejano!

Más elevado que el amor al prójimo es el amor al lejano y al venidero. Más elevado aún que el amor a los hombres es el amor a las cosas y a los fantasmas.

Ese fantasma que corre delante de ti, hermano mío, es más hermoso que tú; ¿por qué no le das tu carne y tus huesos? Pero sientes temor y corres hacia tu prójimo.

No os toleráis a vosotros mismos y no os amáis bastante: y ahora queréis seducir al prójimo a que ame, y doraros a vosotros con su error.

Yo quisiera que no toleraseis a ninguna clase de prójimo ni sus vecinos; así tendríais que crear, desde vosotros mismos, a vuestro amigo y su corazón desbordante.

Invitáis a un testigo cuando queréis hablar bien de vosotros; y cuando lo habéis persuadido a hablar bien de vosotros, vosotros mismos pensáis bien de vosotros.

No miente tan sólo aquel que habla en contra de lo que sabe, sino, más que nadie, aquel que habla en contra de lo que no sabe. Y así habláis vosotros en vuestras relaciones, y junto con vosotros, mentís al vecino.

Así habla el necio: »el trato con hombres estropea el carácter, especialmente si no se tiene ninguno«.

El uno va al prójimo porque se busca a sí mismo, y el otro, porque quisiera perderse. Vuestro mal amor a vosotros mismos es lo que hace de vuestra soledad una prisión.

Los más lejanos son los que pagan vuestro amor al prójimo; y en cuanto os juntáis cinco, siempre tiene que morir un sexto.

Yo no amo tampoco vuestras fiestas: demasiados comediantes encontré en ellas, y también los espectadores se comportaban a menudo como comediantes.

Yo no os enseño el prójimo, sino el amigo. Sea el amigo para vosotros la fiesta de la tierra y un presentimiento del suprahombre.

Yo os enseño el amigo y su corazón supralleno. Pero hay que saber ser una esponja si se quiere ser amado por tales corazones.

Yo os enseño el amigo en el que el mundo se encuentra terminado, un cuenco del bien, — el amigo creador, que siempre tiene un mundo terminado que regalar.

Y así como el mundo se desplegó para él, así volverá a plegársele en anillos, como el devenir del bien a través del mal, como el devenir de las finalidades a partir del azar.

El futuro y lo lejano sean para ti la causa de tu hoy: en tu amigo debes amar al suprahombre como causa de ti.

Hermanos míos, yo no os aconsejo el amor al prójimo: yo os aconsejo el amor al lejano.


Así habló Zaratustra.


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Del camino del creador.


¿Quieres aislarte, hermano mío? ¿Quieres buscar el camino a ti mismo? Detente un poco y escúchame.

»El que busca, fácilmente se pierde a sí mismo. Todo aislarse es culpa«: así habla el rebaño. Y tú has pertenecido por mucho tiempo al rebaño.

La voz del rebaño continuará resonando también dentro de ti. Y cuando digas: »yo ya tengo la misma conciencia que vosotros«, eso será un lamento y un dolor.

Mira, también ese dolor fue dado a luz por esa misma conciencia: y el último resplandor de aquella conciencia continúa ardiendo en tu tribulación.

¿Pero quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino a ti mismo? ¡Entonces muéstrame tu derecho y tu fuerza para ello!

¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que rota por sí misma?

¿Puedes obligar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta lujuria de las alturas! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que no eres de esos lujuriosos y de esos ambiciosos!

Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que un fuelle: inflan y producen más vacío.

¿Te llamas libre? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo.

¿Eres tú alguien al que le fuera lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó su último valor cuando arrojó su servidumbre.

¿Libre de qué? ¡Qué le interesa eso a Zaratustra! Mas tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué?

¿Puedes darte a ti mismo tu bien y tu mal y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes para ti mismo ser juez, y vengador de tu ley?

Horrible es estar solo con el juez y vengador de la propia ley. Así una estrella es arrojada al espacio desolado y al aliento helado del estar solo.

Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy tienes todavía todo tu valor y todas tu esperanzas.

Mas alguna vez tu soledad te hará cansar, alguna vez tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Alguna vez gritarás »¡estoy solo!«

Alguna vez dejarás de ver tu altura y verás demasiado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te atemorizará como un fantasma. Alguna vez gritarás: »¡todo es falso!«

Hay sentimientos que quieren matar al solitario; si no lo logran, ¡ellos mismos tienen que morir entonces! Mas, ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, la palabra »desprecio«? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te desprecian?

Tú obligas a muchos a cambiar de doctrina acerca de ti; eso te lo hacen pagar caro. Te acercaste a ellos y pasaste de largo: eso no te lo perdonan jamás.

Tú caminas por encima de ellos: pero cuanto más alto subes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado es, sin embargo, el que vuela.

»¡Cómo querriáis ser justos conmigo! — tienes que decir — yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada«.

Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, hermano mío, si quieres ser una estrella, no tienes que iluminarlos menos por eso.

¡Y guárdate de los buenos y justos! Les gusta crucificar a quienes se inventan su propia virtud, — odian al solitario.

¡Guárdate también de la santa simplicidad! Para ella no es santo lo que no es simple; también le gusta jugar con fuego — el fuego de la hoguera.

¡Y guárdate también de los asaltos de tu amor! Demasiado rápido tiende el solitario la mano a aquel con quien se encuentra.

A ciertos hombres no te es lícito darles la mano, sino sólo la pata: y yo quiero que tu pata tenga garras también.

Pero el peor enemigo con quien puedes encontrarte, serás siempre tú mismo; a ti mismo te acechas tú en las cavernas y en los bosques.

¡Solitario, tú recorres el camino a ti mismo! ¡Y tu camino pasa al lado de ti mismo y de tus siete demonios!

Un hereje serás para ti mismo, y una bruja y un hechicero, y un necio y un escéptico, y un impío y un malvado.

Tienes que querer quemarte en tu propia llama: ¡cómo querrías ser alguien nuevo si primero no te has vuelto ceniza!

Solitario, tú recorres el camino del creador: ¡quieres crearte un dios con tus siete demonios!

Solitario, tú recorres el camino del amante: te amas a ti mismo y por ello te desprecias como sólo los amantes saben despreciar.

¡El amante quiere crear porque desprecia! ¡Qué sabe del amor quien no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba!

Aíslate con tu amor y con tu crear, hermano mío. Solo más tarde te seguirá la justicia cojeando.

Aíslate con mis lágrimas, hermano mío. Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo y que por ello perece. —


Así habló Zaratustra.


*

*                 *

De viejecillas y jovencillas.


¿Por qué andas furtivo y tan tímido por el crepúsculo, Zaratustra? ¿Y qué escondes cuidadosamente bajo tu manto?

»¿Es un tesoro que te fue regalado? ¿O un niño que has dado a luz? ¿O es que tú mismo sigues ahora los caminos de los ladrones, tú que eres amigo de los malvados?« —

¡En verdad, hermano mío! dijo Zaratustra, es un tesoro que me fue regalado: es una pequeña verdad lo que llevo.

Pero es revoltosa como un niño pequeño: y si no le tapo la boca, grita a voz en cuello.

Cuando hoy recorría solo mi camino, a la hora en que se hunde el sol, me encontré con una viejecilla, la cual habló así a mi alma:

»Muchas cosas nos dijo Zaratustra también a nosotras las mujeres, pero nunca nos habló sobre la mujer«.

Y yo le repliqué: »sobre la mujer se debe hablar tan sólo a varones«.

»Háblame también a mí de la mujer, dijo ella; soy lo bastante vieja para olvidarlo enseguida«.

Y accedí a la voluntad de la viejecilla y le hablé así:

Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo.

El varón es para la mujer un medio: la finalidad es siempre el hijo. ¿Pero qué es la mujer para el varón?

Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, el juguete más peligroso.

El varón debe ser educado para la guerra, y la mujer, para la recreación del guerrero: todo lo demás es tontería.

Los frutos demasiado dulces — al guerrero no le gustan. Por ello le gusta la mujer; amarga es incluso la más dulce de las mujeres.

La mujer entiende a los niños mejor que un varón, pero éste es más niño que ella.

En el varón auténtico está escondido un niño: éste quiere jugar. ¡Adelante, mujeres, descubrídme al niño en el varón!

Sea un juguete la mujer, puro y delicado, como la piedra preciosa, irradiada por las virtudes de un mundo que todavía no existe.

¡Brille en vuestro amor el rayo de una estrella! Diga vuestra esperanza: »¡ojalá diese yo a luz al suprahombre!«

¡Que haya valentía en vuestro amor! ¡Con vuestro amor debéis abalanzaros contra aquel que os infunde miedo!

¡Que en vuestro amor esté vuestro honor! Por lo demás, poco de honor entiende la mujer. Pero sea éste vuestro honor, amar siempre más de lo que sois amadas, y nunca ser las segundas.

Tema el varón a la mujer cuando ésta ama: entonces realiza ella todos los sacrificios, y todo lo demás lo considera carente de valor.

Tema el varón a la mujer cuando ésta odia: pues el varón es en el fondo de su alma tan sólo malvado, pero la mujer es allí mala.

¿A quién odia más la mujer? — Esto le dijo el hierro al imán: »a ti es a lo que más odio porque atraes, pero no eres lo bastante fuerte para retener«.

La felicidad del varón se llama: yo quiero. La felicidad de la mujer se llama: él quiere.

»¡Mira, justo ahora se ha vuelto perfecto el mundo!« — así piensa toda mujer cuando obedece desde la plenitud del amor.

Y la mujer tiene que obedecer y encontrar una profundidad para su superficie. Superficie es el ánimo de la mujer, una móvil piel tempestuosa sobre aguas poco profundas.

Pero el ánimo del varón es profundo, su corriente ruge en cavernas subterráneas: la mujer presiente su fuerza, mas no la comprende. —

Entonces me replicó la viejecilla: »Zaratustra ha dicho muchas gentilezas y especialmente para las que son bastante jóvenes para ellas.

¡Es raro, Zaratustra conoce poco a las mujeres, y sin embargo, tiene razón sobre ellas! ¿Esto ocurre porque con la mujer nada es imposible?

¡Y ahora toma en agradecimiento una pequeña verdad! ¡Soy bastante vieja para ella!

¡Envuélvela bien y tápale la boca: de lo contrario grita a voz en cuello esta pequeña verdad!«

»¡Dame, mujer, tu pequeña verdad!« dije yo. Y así habló la viejecilla:

»¿Vas por mujeres? ¡No olvides el látigo!« —


Así habló Zaratustra.


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De la mordedura de la víbora.


Un día Zaratustra se había quedado dormido debajo de una higuera, pues hacía calor, y había colocado sus brazos sobre su rostro. Una víbora vino entonces y le mordió en el cuello, de modo que Zaratustra lanzó un grito de dolor. Cuando quitó el brazo de su rostro vio a la serpiente: ésta reconoció entonces los ojos de Zaratustra, dio la vuelta torpemente y quiso marcharse. »¡No, dijo Zaratustra; todavía no recibiste mi agradecimiento! Me has despertado a tiempo, mi camino es todavía largo«. »Tu camino es ya corto, dijo la víbora con tristeza; mi veneno mata«. Zaratustra sonrió. ¿Alguna vez ha muerto un dragón por el veneno de una serpiente? — dijo. ¡Pero toma de vuelta tu veneno! No eres bastante rica para dármelo«. Entonces la víbora se lanzó de nuevo alrededor de su cuello y le lamió la herida.

Cuando cierta vez Zaratustra contó esto a sus discípulos, éstos preguntaron: »¿y cuál es, Zaratustra, la moraleja de tu historia?« A ello Zaratustra respondió así:

Los buenos y justos me llaman el aniquilador de la moral: mi historia es inmoral.

Si vosotros tenéis un enemigo, no le devolváis bien por mal: pues eso lo avergonzaría. Sino demostrad que os ha hecho un bien.

¡Y es mejor que os enojéis a que avergoncéis! Y si os maldicen, no me agrada que luego queráis bendecir. ¡Es mejor que también maldigáis un poco!

Y si ocurrió con vosotros una gran injusticia, ¡respondedme velozmente con cinco pequeñas! Es feo ver a alguien a quien la injusticia lo oprime solo a él.

¿Sabíais ya esto? Injusticia compartida es justicia a medias. ¡Y aquel que pueda sobrellevar la injusticia debe tomarla sobre sí!

Una pequeña venganza es más humana que ninguna. Y si el castigo no es también un derecho y un honor para el transgresor, entonces tampoco me gusta vuestro castigo.

Es más noble quitarse la razón que mantenerla, especialmente si se la tiene. Sólo que hay que ser bastante rico para ello.

A mí no me gusta vuestra fría justicia; y desde los ojos de vuestros jueces miran siempre para mí el verdugo y su fría cuchilla.

Decidme, ¿dónde se encuentra la justicia que sea amor con ojos clarividentes?

¡Inventadme pues el amor que no sólo sobrelleva todos los castigos, sino además todas las culpas!

¡Inventadme pues la justicia que absuelve a todos, excepto a los juzgadores!

¿Queréis escuchar también una cosa más? En quien a fondo quiere ser justo, en ése la mentira se torna también en afabilidad para con los hombres.

¡Mas cómo querría yo ser justo en el fondo! ¡Cómo puedo yo dar a cada uno lo suyo! Básteme esto: yo doy a cada uno lo mío.

¡En fin, mis hermanos, guardaos de hacer injusticia a los eremitas! ¡Cómo podría olvidar un eremita! ¡Cómo podría él devolvéroslo!

Cual un pozo profundo es un eremita. Es fácil arrojar una piedra dentro de él, pero una vez que cayó al fondo, decidme, ¿quién quiere volver a sacarla?

¡Guardaos de ofender al eremita! Pero si lo habéis hecho, ¡entonces matadlo también!


Así habló Zaratustra.


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Del hijo y del matrimonio.


Tengo una pregunta para ti solo, hermano mío: como una sonda arrojo esta pregunta en tu alma, para saber lo profunda que es.

Eres joven y deseas para ti hijos y matrimonio. Pero yo te pregunto: ¿eres un hombre al que le sea lícito desear para sí un hijo?

¿Eres tú el victorioso, el domeñador de ti mismo, el soberano de los sentidos, el señor de tus virtudes? Así te pregunto a ti.

¿O hablan en tu deseo el animal y la necesidad? ¿O el aislamiento? ¿O la insatisfacción contigo mismo?

Yo quiero que tu libertad y tu victoria anhelen para sí un hijo. Monumentos vivientes debes construir a tu victoria y a tu liberación.

Por encima de ti debes construir. Pero primero me tienes que estar construido tú mismo, cuadrado de cuerpo y de alma.

No sólo debes reproducirte a un mismo nivel, sino también hacia arriba. ¡Ayúdete para eso el jardín del matrimonio!

Un cuerpo más elevado debes crear, un primer movimiento, una rueda que rota por sí misma, — un creador debes tú crear.

Matrimonio: así llamo yo la voluntad de dos de crear uno que sea más que quienes lo crearon. Respeto recíproco llamo yo al matrimonio entre quienes quieren tal voluntad.

Sea ése el sentido y la verdad de tu matrimonio. Pero eso que los demasiados llaman matrimonio, esos superfluos, — ay, ¿cómo llamo yo eso?

¡Ay, esa pobreza de alma entre dos! ¡Ay, esa suciedad de alma entre dos! ¡Ay, ese lamentable bienestar entre dos!

Matrimonio llaman ellos a todo eso; y dicen que sus matrimonios han sido contraídos en el cielo.

¡Pues bien, a mí no me gusta ese cielo de los superfluos! ¡A mí no me gustan esos animales trabados en la red celestial!

¡Permanezca lejos de mí también el dios que se acerca cojeando a bendecir lo que él no ha unido!

¡No me os riáis de tales matrimonios! ¿Qué hijo no tendría motivo para llorar sobre sus padres?

Digno me parecía aquel varón, y maduro para el sentido de la tierra: pero cuando vi a su mujer, la tierra me pareció una casa de insensatos.

Sí, yo quisiera que la tierra temblase en convulsiones cuando un santo y una gansa se aparean.

Éste marchó como un héroe por verdades y al final trajo como botín una pequeña mentira engalanada. Su matrimonio lo llama.

Aquél era esquivo en sus relaciones y selectivo al elegir. Pero de una sola vez y para siempre estropeó su compañía: su matrimonio lo llama.

Aquel otro buscaba una criada con las virtudes de un ángel. Pero de una sola vez se convirtió él en criada de una mujer, y ahora sería necesario además que él se convirtiese en ángel.

Precavidos encontré ahora a todos los compradores, y tienen todos ojos astutos: pero incluso el más astuto compra su mujer a ciegas.

Muchas breves tonterías — eso se llama entre vosotros amor. Y vuestro matrimonio pone fin a muchas breves tonterías en la forma de una sola y prolongada estupidez.

Vuestro amor a la mujer y el amor de la mujer al varón. ¡ay, ojalá fuera compasión hacia dioses sufrientes y encubiertos! Pero casi siempre dos animales se adivinan recíprocamente.

E incluso vuestro mejor amor no es más que un símbolo extático y un dolorido ardor. Es una antorcha que debe iluminaros hacia caminos más elevados.

¡Por encima de vosotros debéis amar alguna vez! ¡Por eso aprended primero a amar! Y para ello tenéis que beber el amargo cáliz de vuestro amor.

Amargura hay en el cáliz incluso del mejor amor: ¡por eso produce anhelo del suprahombre, por eso te da sed a ti, creador!

Sed para el creador, flecha y anhelo hacia el suprahombre: di, hermano mío, ¿es ésta tu voluntad de matrimonio?

Santos son entonces para mí tal voluntad y tal matrimonio. —


Así habló Zaratustra.


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De la muerte libre.


Muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. Todavía suena extraña la doctrina: »¡Muere en el momento justo!«

Morir en el momento justo: eso enseña Zaratustra.

Ciertamente, quien no vive en el momento justo, ¿cómo podría morir de esa misma manera? ¡Ojalá nunca no hubiera nacido! — Eso aconsejo yo a los superfluos.

Pero también los superfluos se dan importancia con su muerte, y también la nuez más hueca de todas quiere ser cascada.

Todos le dan importancia al morir: pero la muerte no es todavía una fiesta. Todavía no han aprendido los hombres cómo se celebran las fiestas más bellas.

Os muestro yo la muerte consumadora, que se torna para los vivos en un aguijón y en una promesa.

El consumador muere su muerte victoriosamente, rodeado de personas con esperanzas y promesas.

Así se debería aprender a morir; ¡y no debería haber fiesta alguna en la que uno de esos moribundos no consagrase los juramentos de los vivos!

Morir así es lo mejor; pero lo segundo mejor es: morir en la lucha y prodigar un alma grande.

Pero tanto al combatiente como al victorioso les es odiosa vuestra gesticuladora muerte, la cual se acerca furtiva como un ladrón — pero que sin embargo viene como señor.

Yo os alabo mi muerte, la muerte libre, que viene a mí porque yo quiero.

¿Y cuándo querré? Quien tiene una meta y un heredero quiere la muerte en el momento justo para la meta y para el heredero.

Y por respeto a la meta y al heredero ya no colgará coronas secas en el santuario de la vida.

En verdad, yo no quiero asemejarme a los cordeleros: alargan sus cuerdas y, al hacerlo, retroceden siempre.

Más de uno se vuelve demasiado viejo incluso para sus verdades y sus victorias; una boca desdentada ya no tiene derecho a todas las verdades.

Y aquel que quiera tener fama tiene que despedirse a tiempo del honor y ejercer el difícil arte de irse en el momento justo.

Hay que acabar con dejarse comer cuando mejor sabor tenemos: eso lo saben quienes quieren ser amados por mucho tiempo.

Hay manzanas ágrias ciertamente, cuya suerte quiere que aguarden hasta el último día de otoño: y a una misma vez se tornan maduras, amarillas y arrugadas.

A unos el corazón se les envejece primero, y a otros el espíritu. Y algunos son ancianos en su juventud: pero una juventud tardía mantiene joven por mucho tiempo.

A algunos la vida les sale mal: un gusano venenoso les roe el corazón. ¡Ojalá cuiden de que la muerte les salga tanto mejor!

Algunos nunca se tornan dulces, se pudren ya en el verano. La cobardía es lo que los retiene en su rama.

Demasiados son los que viven, y por demasiado tiempo penden de sus ramas. ¡Ojalá viniese una tormenta que sacuda a todos esos podridos y roídos por gusanos!

¡Ojalá viniesen los predicadores de la muerte rápida! ¡Éstos serían para mí las justas tormentas que sacudirían los árboles de la vida! Pero yo oigo predicar tan sólo la muerte lenta y la paciencia con todo lo »terreno«.

Ay, ¿vosotros predicáis paciencia con las cosas terrenas? ¡Esas cosas terrenas son las que tienen paciencia con vosotros, hocicos blasfemos!

En verdad, demasiado pronto murió aquel hebreo a quien honran los predicadores de la muerte lenta: y para muchos se volvió una fatalidad el que muriese demasiado pronto.

Él no conocía más que lágrimas y la melancolía propia del hebreo, junto con el odio de los buenos y justos, — el hebreo Jesús: entonces le acometió el anhelo de la muerte.

¡Si hubiese permanecido en el desierto y lejos de los buenos y justos! ¡Tal vez habría aprendido a vivir y a amar la tierra — y, además, a reír!

¡Creedme, hermanos míos! Murió demasiado pronto; ¡él mismo se habría retractado de su doctrina si hubiera alcanzado mi edad! ¡Era bastante noble para retractarse!

Pero todavía estaba inmaduro. De manera inmadura ama el joven, y de manera inmadura odia también al hombre y a la tierra. Atados y pesados están todavía su ánimo y las alas de su espíritu.

Pero en el adulto hay más niño que en el joven, y menos melancolía: entiende mejor de muerte y de vida.

Libre para la muerte y libre en la muerte, un santo que dice no cuando ya no es tiempo de decir sí: así es como él entiende de vida y de muerte.

Que vuestro morir no sea una blasfemia contra el hombre y contra la tierra, amigos míos: eso es lo que yo le pido a la miel de vuestra alma.

En vuestro morir debe continuar ardiendo vuestro espíritu y vuestra virtud, cual rojo atardecer en torno a la tierra: o si no, la muerte os habrá salido mal.

Así quiero morir yo también, para que vosotros, amigos, améis más la tierra, por amor a mí; y quiero volver a ser tierra, para reposar en aquella que me dio a luz.

En verdad, una meta tenía Zaratustra, lanzó su pelota: ahora, amigos, sois vosotros herederos de mi meta, a vosotros os lanzo la pelota de oro.

¡Más que nada prefiero, amigos míos, veros lanzar la pelota de oro! Y por ello me demoro todavía un poco en la tierra: ¡perdonádmelo!


Así habló Zaratustra.


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*                 *

De la virtud que da.

1.

Cuando Zaratustra se hubo despedido de la ciudad a la que su corazón estaba ligado y cuyo nombre es: »la vaca multicolor« — le siguieron muchos que se llamaban sus discípulos, y le hicieron compañía. Llegaron así a una encrucijada; entonces Zaratustra les dijo que desde ahora quería marchar solo; pues era amigo de caminar en soledad. Y sus discípulos le entregaron como despedida un bastón en cuyo puño se enroscaba en torno al sol una serpiente. Zaratustra se alegró del bastón y se apoyó en él; luego habló así a sus discípulos.

Decidme: ¿cómo llegó el oro a ser el valor supremo? Porque es raro y nada útil, y resplandeciente, y suave en su brillo; siempre hace don de sí mismo.

Tan sólo como imagen de la virtud suprema llegó el oro a ser el valor supremo. Igual que el oro resplandece la mirada del que da. Brillo de oro sella paz entre luna y sol.

Rara es la virtud suprema, y nada útil, es resplandeciente y suave en su brillo: una virtud que da es la virtud suprema.

En verdad, yo os adivino bien, discípulos míos: vosotros aspiráis, al igual que yo, a la virtud que da. ¿Qué tendríais vosotros en común con gatos y lobos?

Ésta es vuestra sed, el llegar a ser vosotros mismos ofrendas y regalos: y por ello tenéis sed de acumular todas las riquezas en vuestra alma.

Insaciable aspira vuestra alma tesoros y joyas, porque vuestra virtud es insaciable en su voluntad de regalar.

Obligáis a todas las cosas a ir hacia vosotros y a entrar en vosotros para que desde vuestra fuente deban fluir de regreso como los dones de vuestro amor.

En verdad, en ladrón de todos los valores tiene que convertirse semejante amor que da; pero yo llamo sano y santo a ese egoísmo.

Existe otro egoísmo, demasiado pobre, hambriento, que siempre quiere hurtar, aquel egoísmo de los enfermos, el egoísmo enfermo.

Con ojos de ratero mira él todo lo que brilla; con el ansia del hambriento mira él a quien tiene de comer en abundancia; y siempre se desliza furtivamente en torno a la mesa de los que dan.

Enfermedad habla en tal apetito, y degeneración invisible; desde el cuerpo enfermizo habla el rateril apetito de ese egoísmo.

Decidme, hermanos míos: ¿qué es para nosotros lo malo y lo peor? ¿No es la degeneración? — Y siempre adivinamos degeneración allí donde falta el alma que da.

Hacia arriba va nuestro camino, desde la especie hacia la supra-especie. Pero un horror es para nosotros el sentido degenerante que dice: »Todo para mí«.

Hacia arriba vuela nuestro sentido: de este modo es un símbolo de nuestro cuerpo, símbolo de una elevación. Símbolos de tales elevaciones son los nombres de las virtudes.

Así atraviesa el cuerpo la historia, como algo que deviene y que lucha. Y el espíritu — ¿qué cosa es para él? Heraldo de sus luchas y victorias, compañero y eco.

Símbolos son todos los nombres del bien y del mal: no declaran, sólo hacen señas. ¡Un tonto quien busca de ellos el saber!

Estadme atentos, hermanos míos, a todas las horas en que vuestro espíritu quiera hablar en símbolos: ahí está el origen de vuestra virtud.

Elevado estará entonces vuestro cuerpo, y resucitado; con su deleite encantará al espíritu para que éste se torne en creador y en valorador y en amante y en benefactor de todas las cosas.

Cuando vuestro corazón bulla, ancho y lleno igual que el río, siendo una bendición y un peligro para los que habitan en su orilla: ahí está el origen de vuestra virtud.

Cuando estéis por encima de la alabanza y de la censura, y vuestra voluntad quiera mandar a todas las cosas, como voluntad de un amante: ahí está el origen de vuestra virtud.

Cuando despreciéis lo agradable y la cama blanda, y no podáis acostaros a bastante distancia de los blandujos: ahí está el origen de vuestra virtud.

Cuando queráis una sola voluntad, y este viraje de toda necesidad se llame para vosotros necesariedad: ahí está el origen de vuestra virtud.

¡En verdad, ella es un nuevo bien y un nuevo mal! ¡En verdad, un nuevo y profundo murmullo, y la voz de un nuevo manantial!

Poder es esa nueva virtud; un pensamiento dominante es, y, en torno a él, un alma inteligente: un sol de oro, y, en torno a él, la serpiente del conocimiento.


*

*                 *

2.

Aquí Zaratustra calló por un rato y miró con amor a sus discípulos. Luego prosiguió, hablando así: — y su voz se había transformado.

¡Permanecedme fieles a la tierra, hermanos míos, con el poder de vuestra virtud! ¡Vuestro amor que da y vuestro conocimiento sirvan al sentido de la tierra! Esto os ruego y a ello os conjuro.

¡No dejéis que vuestra virtud se vaya volando de las cosas terrenas y bata las alas hacia paredes eternas! ¡Ay, hubo siempre tanta virtud que se perdió volando!

Conducid de regreso a la tierra, así como yo, a la virtud que se perdió volando — sí, de regreso al cuerpo y a la vida: ¡para que dé a la tierra su sentido, un sentido humano!

De cien maneras se perdieron volando y se desviaron tanto el espíritu como la virtud. Ay, en nuestro cuerpo sigue habitando ahora toda esa demencia y todo ese desvío.

De cien maneras ensayaron y se extraviaron hasta ahora tanto el espíritu como la virtud. Sí, un ensayo ha sido el hombre. ¡Ay, mucha ignorancia y mucho error se ha vuelto cuerpo en nosotros!

No sólo la razón de siglos — sino también su demencia hace erupción en nosotros. Peligroso es ser heredero.

Todavía luchamos paso a paso con el gigante Azar, sobre la humanidad entera ha regido hasta ahora el absurdo, el sin-sentido.

Vuestro espíritu y vuestra virtud sirvan al sentido de la tierra, hermanos míos: ¡y el valor de todas las cosas sea de nuevo establecido por vosotros! ¡Por ello debéis ser luchadores! ¡Por ello debéis ser creadores!

Por el saber se purifica el cuerpo, haciendo ensayos con el saber se eleva; al hombre del conocimiento todos los instintos se le santifican; al elevado el alma se le vuelve alegre.

Médico, ayúdate a ti mismo: así ayudas también a tu enfermo. Que sea tu mejor ayuda el que él vea con sus ojos a quien se sana a sí mismo.

Mil senderos existen que aún no han sido nunca recorridos; mil formas de vida y mil ocultas islas de la vida. Inagotados y no descubiertos continúan siendo el hombre y la tierra del hombre.

¡Vigilad y escuchad, solitarios! Del futuro vienen vientos con secretos aleteos, a sutiles oídos se dirige la buena nueva.

Vosotros los solitarios de hoy, vosotros los excluidos, debéis alguna vez ser un pueblo: de vosotros, que os habéis elegido a vosotros mismos, debe surgir un pueblo elegido: — y de él, el suprahombre.

¡En verdad, en un sitio de curación debe convertirse todavía la tierra! ¡Y ya hay en torno a ella un nuevo aroma, que trae sanación, — y una nueva esperanza!


*

*                 *

3.

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, calló como uno que no hubo dicho aún su última palabra; largo tiempo sopesó, dudando, el bastón en su mano. Finalmente habló así: — y su voz se había transformado.

¡Ahora marcharé solo, discípulos míos! ¡También vosotros marchaos ahora solos! Así lo quiero yo.

En verdad, yo os aconsejo: ¡alejaos y defendeos de Zaratustra! Y aún mejor: ¡avergonzaos de él! Tal vez os ha engañado.

El hombre del conocimiento no sólo tiene que poder amar a sus enemigos, sino también poder odiar a sus amigos.

Mal se paga a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?

Vosotros me veneráis; pero ¿qué pasaría si un día vuestra veneración se derrumba? ¡Cuidad de que no os aplaste una estatua!

¿Decís que creéis en Zaratustra? ¡Pero qué importa Zaratustra! Vosotros sois mis creyentes: ¡pero qué importan todos los creyentes!

Todavía no os habíais buscado: entonces me encontrasteis. Así hacen todos los creyentes; por eso vale tan poco toda fe.

Ahora os llamo yo a perderme y a encontraros a vosotros; y solo cuando todos vosotros me hayáis negado, retornaré a vosotros.

En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo entonces a mis perdidos; con otro amor os amaré entonces.

Y una vez más debéis llegar a ser, para mí, amigos e hijos de una sola esperanza: entonces querré estar por tercera vez entre vosotros, para festejar con vosotros el gran mediodía.

Y el gran mediodía es cuando el hombre se halla a mitad de su rumbo entre el animal y el suprahombre, y celebra su camino al atardecer como su suprema esperanza: pues es el camino hacia un nuevo mañana.

»Muertos están todos los dioses: ahora queremos que viva el suprahombre«. — ¡sea ésta alguna vez, en el gran mediodía, nuestra última voluntad! —


Así habló Zaratustra.


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